Manuel. Silencio en tus labios (1)

Sábado, 5 de octubre de 2002

La siguiente vez que nos vimos, tanto a los demás como a mí, nos quedó claro que entre Ana y yo no había nada, hasta el punto que evité cualquier acercamiento a ella, por dejar claro que había recibido su carta y captado el mensaje. Hasta el punto de buscar sentarme con dos o tres bancos de separación y a ser posible donde no pudiera verla. Lo que creyera sentir por ella ya no lo sabría ni mi sombra, aunque fuera difícil reprimirse o no mirarla de reojo de vez en cuando por sentirme igualmente observado, dado que Ana no pudo evitar hablar del tema con las amigas para desmentir rumores o aludir a esa correspondencia en la que los dos habíamos dejado claro la inconsistencia de todo aquello, hasta el punto de que Carlos había venido con ella como parte del grupo y no como su pareja. Eso decía bastante poco en mi favor, dado que volvía a haber entendimiento entre ellos dos, que era más de lo que yo tenía con Ana. Soñar es gratis, pero era preferible despertar de lo que no era más que una pesadilla, cuando la realidad y la vida resultan mucho más maravillosas.

Ella había estado en el campamento e incluso se había apuntado a la convivencia de novios, aunque no tuviera pareja. Se sentía animada e integrada plenamente en el Movimiento, dispuesta a ir allí donde se le convocase, y no necesitaba que nadie le acompañara. Parecía una reafirmación en sí misma y esa disponibilidad era bien acogida por los demás, más cuando parecía que estaba bien fundamentada y no se trataba simplemente de ir a los sitios por pasar el tiempo. Era una chica que estaba viviendo de verdad el carisma del Movimiento, como había muchos de los que tomar ejemplo. Ridículo o no, algún malpensado creería que le estaba dedicando al Movimiento el tiempo que ya no le dedicaba a su vida sentimental, de manera que cuando se volviera a enamorar no mantendría ese ritmo de vida. También parecía que estaba siendo un tanto arrogante por hacerse notar demasiado, en vez de tomar una actitud más discreta, como la había mantenido hasta entonces, limitando su implicación prácticamente a su grupo parroquial.

Casi daba la sensación de que pretendía dejar claras sus diferencias conmigo, porque yo no mantenía una vida tan activa dentro del Movimiento y a ella parecía que nadie le paraba los pies. En ese sentido, su implicación no tenía límites. Es más, como nadie parecía seguir su ritmo, aquello era una bofetada para quienes pasábamos un poco del tema teniendo más facilidades, especialmente en referencia a los que vivíamos en Toledo y que no sabíamos sacarle partido a todas las ventajas que ello conllevaba, teníamos más facilidad para enterarnos de las actividades del Movimiento y participar de éstas, mientras que a los demás les pillaba un poco lejos, aunque ello no enfriase su compromiso ni implicación. Éramos una comunidad de hermanos unidos por la misma fe, la oración y la fraternidad. Las distancias no importaban, al menos así parecía querer darlo a entender ella, no había ningún sentimentalismo romántico mal entendido. Ella era una chica de su tiempo, sin compromiso personal con nadie, pero comprometida con la vida del Movimiento.

Mientras haya vida
Vuelvo al puerto y la vida está muerta,
no hay mar para el marinero hundido,
para aquel que se fue y no ha venido.
Miro los ojos que no me dicen nada,
ojos que pertenecen a unos labios,
que me dijeron adiós con sus palabras.
Me alejé de puerto y me fui de casa,
me hice así vagabundo de esta vida
y miro atrás y sólo veo que no me olvidan,
que aquellas palabras fueron sinceras,
pero resuenan como el eco en el viento,
llegan hasta mí traídas por fuertes olas,
diciendo adiós sin oírlas decir nunca hola,
sin oírlas decir nunca hola, diciendo adiós,
como una eterna despedida que termina,
que no ha de terminar mientras haya vida.

Durante la comida ella mostró la misma actitud que durante el retiro de junio, aunque tal vez en aquella ocasión no fuera tanto por mantenerse vigilante como por sentir que era yo quien procuraba mantener las distancias de manera consciente y premeditada, no quería nuevos malos entendidos, a pesar de que aquel asunto rondase por mi cabeza y no fue fácil acallarlo. Mi actitud no estaba siendo nada fraternal y me sentía bastante mal por ello. Sin embargo, era peor pensar que un nuevo percance podría resultar más perjudicial para Ana o para mi trato con el grupo no sabiendo controlarme. Confiaba que aquel día se sentara un precedente para dejar atrás nuestras discrepancias y recuperar ese clima de fraternidad que los demás estaban viviendo.