Manuel. Silencio en tus labios (1)

Julio 2002

Dado que como a listo no suele ganarme nadie, aquella situación me alteró un poco los nervios y reaccioné como siempre, ante lo cual, raro fue que aquello no llegase a sus oídos; se convirtió en una tragedia personal lo que hubiera sido un incidente meramente anecdótico entre ella y yo o el comienzo de una buena amistad de haberse planteado de otra manera. Es decir, que si yo hasta entonces había sido una mosca en sus ratos de oración, por causa de aquel malentendido llevado a un sentimentalismo equivocado, aquello convirtió su preocupación y desconcierto en una pesadilla. Nadie, salvo ella misma, sabía de sus distracciones y los comentarios que llegaron a sus oídos daban a entender que era ella quien me distraía a mí, porque no fui tan discreto a la hora de reconocerlo. De tal manera que todo se volvía en su contra, ya que cuando más integrada se sentía en el Movimiento, encontraba una razón para no moverse de casa y así se evitaría cualquier complicación conmigo.

Respondió a mi primera carta y me dejó claros sus sentimientos e intenciones respecto a mí. Me aconsejó que la olvidara y buscara más trato con los hermanos. Si tan solo me sentía, ella no sería quien llenase ese vacío en mi existencia y esperaba que se solventase aquella situación de la manera más amigable posible, dado que, tras la ruptura con su novio, no quería que algo así le distanciara del Movimiento. Es decir, en su carta se mostraba firme y segura respecto a su negativa, sin opción a replanteárselo ni a darme alternativa o sospecha de que fuera a cambiar de idea en el futuro. No estaba interesada en mí ni tampoco le agradaba el modo en que se había enterado de lo que yo creía sentir por ella cuando sólo habíamos coincidido en cuatro ocasiones y apenas nos habíamos dirigido dos palabras. Cortó el problema de raíz y dio por olvidado el asunto. Esperaba no verse implicada en mis historias de nuevo, si no había motivo. Por su parte me aseguraba que no los habría, salvo que la agobiara y tuviera que hacer algo más drástico al respecto.

Lógicamente entonces no quiso admitir que la distraía y, en cierto modo, con su carta, me acusaba a mí de haber provocado toda aquella situación, más cuando era evidente que la indiscreción había sido mía porque había hablado de aquel tema con quien no debía y con tanta libertad, ante lo cual ella se sintió la víctima de mis habladurías y no tanto la causante de mis contrariedades. Haberlo admitido hubiera sido como dar alas a mi imaginación, a un hipotético romanticismo que ella prefería no plantearse. Yo era una distracción en sus ratos de oración y no tenía mucho que ver con sus expectativas sentimentales después de su ruptura con Carlos ni aunque se hubiera dado la circunstancia de que me hubiera conocido a mí antes que a éste.