Manuel. Silencio en tus labios (1)

Sábado, 22 de junio 2002

Un mes después nos vimos en el retiro, el último del curso, el más importante del año. Si en ocasiones anteriores nos habíamos ignorado, en aquel dio evidentes muestras de preferir evitarme, se temía que el tropiezo durante el Encuentro me hubiera creado falsas esperanzas o expectativas respecto a lo que hubiera entre nosotros. Quiso que me quedara claro que había sido yo quien me había situado detrás de ella, sin ninguna insinuación ni provocación por su parte. Como si aquella hubiera sido la única fila y ella la única chica tras la que me hubiera podido situar, cuando en realidad la iglesia estaba llena de gente y tenía chicas para elegir sin que tuviera que ser ella, porque estaba firmemente convencida de que no se le hubiera ocurrido situarse tan cerca de mí ni aunque hubiera una sola fila, antes hubiera preferido ser la última en comulgar o procurar que hubiera varias personas entre los dos, como quiso poner de manifiesto durante aquel retiro, que corriera el aire entre nosotros.

Como me hubiera dicho entonces, no me hubiera querido tener cerca ni siendo yo el último hombre sobre la tierra o ella la única mujer. El Paraíso se había quedado muy atrás en el tiempo para nosotros y, en cualquier caso, no iba a repetir el mismo error. Prefería mantener una buena relación con el Movimiento y no dejar que ese tipo de situación le condicionará hasta ese extremo. Había roto con su novio y no iba a romper también con las amigas ni con sus creencias.

No estoy en la calle
En la oración aparece la felicidad.
en la calle todo me da igual.
pero aquí es nerviosismo, lamento,
la distancia que se acorta más.
En la calle es ilusión, todo mentira,
rezar pensando que no me miras,
pero aquí, estando ante el altar,
aquí siento sobre mí tu mirada,
siento que tengo mucho que decir,
pero es aquí donde no digo nada.
Aquí deben ser verdad las mentiras,
donde ya no me rodea la calle,
aquí donde debería decirte todo,
es donde de verdad me siento solo.

Es decir, aunque no lo pretendiese, acabó llamando mi atención, tal vez su actitud estuviera justificada porque yo tampoco fui indiferente a su presencia, al hecho de que me sentía observado desde la distancia para crear un muro entre los dos. Aquella era la cuarta vez que coincidíamos y empezábamos a no ser dos extraños, más cuando Carlos no estaba por ninguna parte y yo ya había empezado a oír comentarios al respecto o, al menos, me había dado por aludido. Ana fue poco discreta al desahogar sus tensiones contra mí por su comportamiento esquivo durante el retiro, a diferencia del comportamiento de ocasiones anteriores. Lo que no significaba que me fuera a interesar por ella en ese sentido, pero tampoco permanecería ajeno a su presencia, si ésta se hacía cada vez más frecuente, ni impasible ante su actitud, si me sentía afectado. Que hubiera saltado la chispa era lo menos grave, porque no nos entenderíamos de ningún modo; era evidente que éramos personas con caracteres distintos, incompatibles.

Lo que a mí me alteró, lo que realmente provocó que llamase mi atención, fue su actitud durante la comida. Si durante la mañana su actitud estaba más justificada o era discreta porque estábamos en la iglesia y nos sentamos donde pudimos, manteniendo una cierta formalidad; a la hora de comer, como bajamos a los salones, lo apropiado era que se acortasen las distancias, buscar ese trato fraternal y cordial con los hermanos y de modo particular con aquellos con los que se tenía una mayor afinidad. No es que yo intentase un acercamiento a ella, en cualquier caso, sólo para saludarla, pero por la expresión de su cara, por sus miradas, comprendí que no tenía humor para corresponderme. Me sentí vigilado en mis movimientos, aunque ella intentara ser discreta. En vez de ignorarme o tratarme con la indiferencia de las demás, me quedé con la sensación de que no me perdía de vista, estaba a la defensiva conmigo.