Manuel. Silencio en tus labios (1)

Sábado, 18 de Mayo 2002

Nuestro tercer encuentro no fue en un retiro, aunque sí tuvo que ver con las actividades del Movimiento, en aquel caso en concreto a nivel diocesano, el Encuentro Diocesano de la juventud, al que acudió sola y animada por las nuevas relaciones que había fortalecido con la gente de Toledo, que poco o nada tenían que ver con Carlos. Aquel día le sobraban los motivos para sentirse animada y mostrarse abierta y afable con todo el mundo. Se sentía segura de sí misma y dispuesta a comerse el mundo, dado que había ido a pasar todo el fin de semana, desde el viernes por la tarde hasta el domingo. Dos días para estar con las amigas y tener una excusa en el Encuentro para salir de casa, con lo cual más optimista y alegre no podía sentirse. ¡La vida debía parecerle maravillosa! Era un plan que ella misma se había montado y para el que había encontrado todo tipo de facilidades por parte de sus amigas, más cuando éstas compartían su entusiasmo ante la posibilidad de pasar juntas el fin de semana y salir de lo habitual.

Lo más exacto es decir que sólo nos vimos durante el Encuentro, no llegamos a dirigirnos la palabra porque tampoco surgió la ocasión. Sus amigas fueron demasiado acaparadoras y yo, en realidad, no era más que otro chico dentro del Movimiento, como ella para mí no era más que una de las chicas que no vivían en la ciudad y con la que no tenía trato ni tampoco tenía un especial interés en que esa situación cambiara por mucho que ya no tuviera novio, mis miras estaban en otra parte. Si tenía que mejorar mi trato con ella, ya surgiría una actividad en la que se produjese ese mayor acercamiento, aunque como tal esa actitud por mi parte pareciera ser poco coherente con ese espíritu de fraternidad. En cualquier caso, allí se había concentrado suficiente número de jóvenes como para que la presencia de uno o del otro supusiera algo demasiado relevante en nuestra participación o actitud. Al menos así me lo planteaba yo, que tenía mejores excusas para perder la cabeza.

Sin embargo, ella se aburrió como la vez anterior. La meditación, los largos ratos de oración; las reuniones de grupo; la misa presidida por el arzobispo, que se sentía un joven más. Todo eso resultó de lo más ameno y provechoso, como los momentos de ociosidad con sus amigas, pero la carne es débil y el pabellón polideportivo donde se concentró la gente, porque cualquier iglesia se hubiera quedado pequeña e inadecuada para aquella multitud de jóvenes, para Ana resultó lo suficientemente desalentador como para buscar otro punto donde fijar su atención y no en el orador de las meditaciones. Estábamos sentados de tal manera, que de nuevo me convertí en su mosca, no tanto por encontrarme allí como por la curiosidad de ver cómo me comportaba y qué hacía. De algún modo, lo que allí se decía para ella resultaba poco relevante, mientras que había quien no dejaba de tomar apuntes como si hubiera que rellenar todo un cuaderno para estudiárselo después. En su cuaderno sólo anotó el lema del Encuentro. “La juventud, camino de santidad”

Las circunstancias propiciaron que durante la misa, a la hora de colocarse en la fila para comulgar, me situara detrás de ella, hecho que no fue muy de su agrado y a lo que en principio yo no daba mayor importancia que la que en sí tenía. No fue algo premeditado, si algo se alegaba en mi defensa, salvo por el hecho de entender esa confianza, esa unidad fraterna. Me hubiera dado igual que hubiera sido ella o cualquier otra, aunque admitiera que tuviera mis preferencias o manías, no incluyendo a Ana entre éstas. Ella era una de las chicas del Movimiento, estábamos en el Encuentro diocesano e íbamos a comulgar con la conciencia limpia y tranquila. Tal vez ella hubiera necesitado de una nueva confesión por los malos pensamientos que le rondaron por la cabeza ante mi proximidad, pero no era desprecio, simplemente nerviosismo, nada pecaminoso. Sólo una reacción instintiva ante algo que rompía con sus planteamientos. No estaba de humor para que la tosieran encima.

Tal vez se notó demasiado que procuraba mantener las distancias para que corriera el aire y no nos pisásemos, por puro respeto personal y fraternal hacia una chica. Actitud por mi parte que no supo interpretar con la intención que pretendía, dado que ya de por sí mi proximidad le ponía nerviosa. En aquellos momentos mi compañía no contaba entre sus preferencias, dado que era la causa de sus distracciones y no quería que aquello fuera a más. Era una simple debilidad porque se había encontrado con el ánimo por los suelos, añorando la compañía de Carlos, el pasado donde había tenido las ideas mucho más claras respecto a sus sentimientos. En definitiva, fue una mala casualidad, que no nos dejaría indiferente a ninguno y que, en aquellos momentos, nos pareció lo peor que podía habernos sucedido, dado que iba a sacar a relucir lo que ella no quería hacer público y yo me sentí contagiado por esa contrariedad.

Lo único positivo de aquel acercamiento fue que nadie más pareció darse cuenta de ello y tampoco le dimos una mayor relevancia, más allá de nuestra individual contrariedad por algo que en principio no hubiera tenido mayor trascendencia, pero que no nos dejó indiferente a ninguno de los dos. Posiblemente ella lo comentase con sus amigas después, pero para entonces yo ya había desaparecido de su vista. Preferí poner tierra por medio antes de decir algo inoportuno, aparte de no encontrar a nadie que me retuviera allí una vez terminó todo. Me apetecía volver a casa, tanto como a ella dedicarse a algo más lúdico con sus amigas y pasar página a aquel incidente.