Manuel, Silencio en tus labios (1)*4

Cuando llegamos al otro pueblo, ya nos esperaban, porque habían previsto un rato de oración en común antes de la comida. No hubo tiempo para muchos saludos. La asamblea final no debía retrasarse porque para algunos el viaje de regreso a casa sería largo y a otros les convenía llegar con tiempo y que la tarde les fuera provechosa. Para mí supondría un distanciamiento con Ana y que no tuviera la oportunidad de hablar con ella ni de vernos hasta el siguiente retiro o hasta que surgiera cualquier excusa, lo cual haría que me marchara de allí con la sensación de que todo se quedaba pendiente, aparte de que aquella relación planteada a larga distancia no parecía demasiado tentadora, si antes no nos habíamos puesto de acuerdo y manteníamos el contacto. Teníamos claro que el uno estaba deseando las noticias del otro. Es decir, que aunque quise sentarme en el mismo banco que ella no pude, como tampoco durante la comida, aunque ésta se sentó tan cerca de mí como para quitarme la comida y que yo compartiera la suya. De hecho, me dio la sensación de que para Ana suponían un alivio aquellas prisas. Los demás esperaban que se confirmase esa confidencia y ella seguía manteniendo el secreto, la incertidumbre.

Después de comer, estábamos casi todos en la plaza, en espera de comenzar la asamblea, se habían formado pequeños corros y Ana se aprovechó que no había nadie pendiente de nosotros, se me acercó por detrás y me susurró al oído: “Ven”. Confieso que en aquellos momentos le había perdido la pista y, en consecuencia, tampoco la buscaba, por lo que me sorprendió tanto que se acercara a mí como su requerimiento, cuando todo parecía tranquilo y aquello nos convertía de nuevo en el centro de atención, aunque el asunto de su presunto novio hubiera perdido interés, dado que ninguno de los chicos allí presentes se había interesado por ella de manera particular. Sin embargo, si me llamaba, no era porque pensase en el interés de los demás, sino en el nuestro. Teníamos cinco o diez minutos para hablar con tranquilidad y sin ser molestados. De hecho, a nadie le extrañaría que Ana quisiera una charla conmigo para supuestamente dejar claro que no me quería, que yo había entendido mal esas demostraciones de fraternidad; la realidad sería justamente la contraria.

Allí, a la sombra de un árbol, sentados en uno de los bancos de la plaza, apartados de todo el mundo, le dije que la quería y que había sido su nerviosismo durante el Encuentro diocesano del año anterior lo que había provocado que me fijara en ella de manera particular hasta el punto de no reprimí ese sentimiento; sabía que lo había dejado con Carlos, aunque también reconocí que me había puesto algo pesado con todo ese asunto ante lo cual ella había reaccionado con tanta paciencia y dulzura que me sentía más enamorado por mucho que me diera calabazas y se hubiera negado a admitir que sentía lo mismo que yo. En realidad no hubo más tiempo para tanta sinceridad, ella me había llevado a ese rincón porque quería una respuesta sincera a sus sentimientos, pero se lo dije con la mirada, con los gesto de mi cara, no reprimí esos sentimientos cuando podía mostrárselos con plena libertad. De mis labios sólo salió una confesión de amor, la misma sinceridad que ella me había susurrado al oído el día anterior y que en aquellos momentos me pudo decir a la cara.

Me confesó que desde el miércoles por la tarde llevaba esperando ese momento de intimidad conmigo y se había estado reprimiendo por la Pascua, se había refugiado en los preparativos de la charla para no pensar en mí; admitió que yo tampoco se lo había puesto fácil. Dada mi insistencia por estar con ella, me había ganado a pulso su pequeña revancha final. Lo que más me dolió fue su recriminación por mi última tontería, por el Emaús. Ella hubiera aprovechado ese paseo conmigo y esa hora de complicidad fraternal para que hablásemos. Sin embargo, se lo fastidié y eso fue algo que no tendría fácil perdón, aunque tuvo la suerte de que al final acabásemos juntos, pero enfadados e incapaces de dirigirnos la palabra. Ella se mantuvo callada sólo por impotencia hasta que llegamos al pueblo, donde ya no se reprimió. Tenía que entender lo tonto que había sido y lo poco que la escuchaba cuando me lanzaba una indirecta, porque en aquellos días aseguraba que no había hecho otra cosa para que me tranquilizara y diera cuenta de que me correspondía y no era necesario que me pusiera tan pesado porque no se iba a marchar con otro, si me tenía a mí.

Hasta nuestro último retiro yo le había parecido tonto, tal y como le había dado a entender a los demás, por lo que no cabía la posibilidad de que fuera ese supuesto novio que se le atribuía o que se suponía que había ido a ver. Sin embargo, a lo largo del retiro, ese sentimiento fue poco a modo modelándose, de ser un tonto rematado pasé a parecerle un chico interesante y con posibilidades. Esas buenas expectativas se hubieran quedado ahí, si yo me hubiera marchado a casa tras el retiro; chicos mejores que yo los conocía a patadas. Pero, como me quedé en la puerta y ella no podía acallar ese impulso, optó por esperar su oportunidad. Se lo jugó todo a una carta, o se quedaba allí sola hasta que pasaran a recogerla o acababa conmigo, asumiría las consecuencias que de ello se derivasen. Su arranque de sinceridad fue todo un desahogo para sus nervios. Me soltó todo lo que llevaba dentro aunque le doliera. No fue por gusto, sino por necesidad, por resistencia a admitir lo que verdaderamente sentía sin que yo me considerase tan afortunado. Fue una pelea consigo misma, dado que, aun siendo verdad que tenía ese concepto de mí, era más fuerte lo que sentía y se estaba callando, para que yo no me llevara una impresión equivocada de ella. No era una chica de fácil conquista.

No me explicó nada más porque nos llamaron para la asamblea y se hacía demasiado evidente que estábamos muy a gusto juntos como que nos habíamos olvidado de que no estábamos solos allí. Aquella no era una cita de enamorados, sino el final de la Pascua o más en concreto el periodo intermedio entre la comida y la asamblea final, antes de que cada uno se marchara a su casa. Alimentado el estómago, llegaba el momento del alimento fraternal, de la escucha del testimonio de los hermanos, lo cual parecía que a Ana y a mí ya nos importaba a poco, pero, aun así, no quedamos al margen. Ese clima de unidad y fraternidad era para todos los presentes y nos incluía a nosotros, aunque no compartiéramos nuestras confidencias la primera vez después de la confesión de nuestros sentimientos, pero, dado el poco tiempo que nos quedaba y lo mucho que nos hubiéramos dicho. La asamblea como tal suponía un obstáculo insalvable. Sin embargo, había que estar a lo que se estaba.

Para la asamblea nos sentamos formando un círculo y para vernos las caras, aunque quizá lo más llamativo fue que las parejas de novios se sentaran juntos y, por otro lado, quedase bastante delimitado quien había pasado la Pascua en cada pueblo. Pero lo más sorprendente, sin lugar a duda, fue que Ana y yo nos sentásemos juntos, dado que la supuesta charla para cantarme las cuarenta quedaba patente que no había sido tal, aparte de que hubiera sido totalmente inapropiado por la forma y el contexto en que nos encontrábamos. Lo lógico era justo lo que había pasado, que dedicásemos esos cinco minutos a la sinceridad y confesión de ese cariño antes de hacerlo público. No esperamos a otro momento porque no lo tendríamos, a media tarde cada uno saldría en un coche con una dirección distinta y distante, a pesar de que el corazón no entendiera de distancias ni impedimentos, si de verdad el amor era tan auténtico como lo parecía el nuestro, si nada lo terminaba tergiversando con el paso del tiempo.

La opción de dar o no testimonio era libre y voluntaria, se condicionaba por el hecho de que éramos muchos y la asamblea no se eternizaría, de manera que aquel que se sintiera animado a ello, contaría su experiencia de la Pascua o aquello que más le hubiera llenado o ayudase a los demás como recordatorio o para que se dieran cuenta aquellos que, por su falta de atención, se les hubiera pasado por alto. Habíamos estado en dos pueblos distintos y por lógica los unos tendríamos que contarnos a los otros cómo nos había ido, pero, aparte de hacerlo en corro de amigos, se daba la oportunidad, a quien quisiera, de compartirlo con todo el grupo, porque estaba claro que había gente que lo había vivido de manera más intensa y quien no había sentido nada especial y que quizá al final le hubiera encontrado un sentido a ese vacío interior. Cada uno tenía su vivencia personal y partícula, dado que por suerte había ido a la Pascua con un camino andado que no era como el de los demás.

Ana se animó y dio testimonio reconociendo ante los demás que éramos novios, pero que no había ido a la Pascua con el anhelo de su media naranja, sino de una vivencia sencilla y sin una idea preestablecida, salvo por la charla del sábado y el miércoles todavía no la había perfilado. Se centró en la Pascua y se alejó de todo aquello que la distrajese, fue una renuncia a sí misma, para vivencia desde lo escondido, el abandono y la entrega confiada. De manera que había vivido la Pascua como si lo observase a través del agujero de una cerradura, se fijó sólo en aquello que vio por éste. Es decir, que no lo había vivido tan plenamente como los demás, pero se había fijado y quedado con lo importante. En esa negación de sí misma se había encontrado, sobre todo, el sábado durante el tiempo de desierto, mientras preparaba la charla, comprendió la importancia de la oración y la esperanza desde el silencio. Se marchaba a casa contenta por vivencia de la Pascua irrepetible y se llevaba en el corazón a alguien con quien compartiría ese nuevo corazón que había en ella.

Se esperaba que siguiera el ejemplo de Ana, pero me quedé callado y sentado. Mi testimonio era poco enriquecedor, aunque regresase a casa con algo que no me esperaba y que, sin duda, hacía que merecieran la pena aquellos días. Sobre todo agradecía la paciencia que Ana había demostrado conmigo y no tanto la poca que yo había tenido con ella. Mi falta de confianza hubiera salido cara, pero, aun así, no había sido una renuncia plena a mis sentimientos por esa vivencia de la Pascua y eso no es que me enorgulleciera. Sin embargo, había descubierto mis prioridades. Las circunstancias después propiciaron que ese arranque de honestidad no acabase en tragedia y, a pesar de mi torpeza, Ana se dignó a mirarme a la cara e incluso me confesó sus sentimientos. Yo había alterado sus planes cuando ella había estado dispuesta darlo todo por mí y, aun así, su revancha no hubiera sido más dulce ni sufrida, me impuso aquel voto de silencio cuando estaba en deseo de explotar por fuera y por dentro.

Lo más difícil de aquella tarde fue sin duda alguna la despedida por lo breve que se me hizo el disfrute de la compañía de Ana, cuando lo hacía sin temor al rechazo ni a ser inoportuno. Ella me correspondía y a los demás les parecía normal que así fuera. Como era ella quien se marchaba antes, la acompañé hasta el coche, más bien, ella hizo que la siguiese porque no parecía muy dispuesta a soltarme ni yo quería que lo hiciera. Ya no había que disimular ni esconder lo que sentíamos. Teníamos un momento antes de que las prisas y sus amigas nos interrumpieran, no fue cuestión de desaprovecharla. Ella se quiso asegurar que no la olvidaría una vez la perdiera de vista y yo esperaba lo mismo de ella. Aquello no era más que un paréntesis hasta que volviéramos a juntarnos, pero como seguiríamos en contacto casi no seríamos conscientes de las distancias que nos separaban, dado que mantendríamos vivos aquellos sentimientos frente a los momentos de debilidad que se nos presentaran.

Debido a lo lejos que estaríamos el uno del otro fijar una fecha para una próxima cita no resultó posible. Ella no lo tendría tan fácil para venir conmigo ni yo me planteaba una visita a su casa. Tampoco es que dependiéramos de las actividades del Movimiento, como pareja pretendíamos que cualquier fecha fuera propicia, pero había dos horas de carretera por medio y cada uno tenía su vida montada antes de la Pascua y el cambio en ese aspecto no sería tan radical, ni una renuncia a todo, si no teníamos claro nuestro futuro. Ella ya había pasado por una ruptura y sabía lo que eso suponía. De todas maneras, nos fijamos como objetivo que, cada uno por su parte y los dos juntos, buscaríamos la manera de vernos con la mayor frecuencia posible y que no fuera en días sueltos. Después de aquellos cuatro días de convivencia, con una intensidad distinta a la que habríamos sentido, si hubiéramos aceptado desde el primer momento que nos gustábamos, aunque en realidad ninguno se arrepentía de haberse reprimido hasta el último momento.

Acordamos una llamada de teléfono una vez por semana, cuantas cartas nos apeteciera escribirnos a condición de que el otro las guardase y que, cuando nos reuniésemos, comprobásemos quién de los dos se había reprimido menos o, como ella dijo, determinar quién invertía más tiempo y dinero en aquella pasión, aunque no se tratase tanto de cantidad como de sentimientos. Esas cartas de amor no le parecerían tan ridículas como tampoco el anhelo de una respuesta, de manera que nos conociésemos poco a poco; compartiríamos aquello que quizá de otro modo nos callábamos. Ella pretendía ser mi confesor y enterarse de lo que sentía, dado que por su parte aseguró que me ocultaría muy poco de sí misma, lo justo para que no perdiera el interés y quisiera que nos viéramos pronto para un trato más cercano. Es decir que estaba ilusionada con su idea del noviazgo y tenía la seguridad de que no le estaba dando celos a Carlos ni a ningún otro posible pretendiente. Su sentimiento era sincero y duradero en el tiempo.

Me dijo sus últimas palabras al oído, sacó la cabeza por la ventanilla y con la presión de sus amigas para que cortase esa interminable despedida y que pusiera el coche en marcha, porque tenían ganas de marcharse a casa. Me las dijo al oído, como me había confesado la primera vez que me quería. En realidad, quiso que me acercara para darme un beso en la mejilla y aprovechó la oportunidad y la circunstancia, sin que sus amigas se enterasen de nada. De nuevo fue muy discreta en todo lo referente a nosotros, pero, en esa ocasión, no se lo recriminé, dado que se agradecía aquella complicidad. Tenía mucho tiempo para hablar de mí con los demás sin que yo me enterase de nada, salvo que alguien me lo contara después; lo cual me parecía poco probable en vista de cómo se había planteado todo el asunto, como una chica muy reservada y discreta, a pesar de sus ocasionales sutilezas e indiscreciones que yo empezaba a sufrir, pero ello no la hacía menos encantadora, aun confiando en que nuestro noviazgo ya me no sorprendería tanto.

Era una despedida hasta el retiro del mes siguiente, algo más de cuatro semanas, pero estaríamos en contacto, el tiempo se nos pasaría volando. Ella me hizo la firme promesa de no faltar, salvo que tuviera algo que se lo impidiera, frente a lo cual no fue demasiado pesimista. Ya tenía un buen motivo para acudir a los retiros y sería una buena excusa en la continuación con nuestra relación, sin que hubiera separaciones ni distancias entre nosotros, aunque no lamentara aquella vivencia de la Pascua. No habíamos estado perdiendo el tiempo y, en coherencia con nosotros mismos, tampoco había nada que cambiar de lo sucedido. Durante cuatro días habíamos aprendido a respetarnos como hermanos y desde ese día mantendríamos el respeto como personas, como pareja.