Manuel – Silencio en tus labios. Libro 3

Versión de Manuel

26 de octubre 2003. Domingo

Aquel último baile sirvió para que nos relajásemos y olvidásemos de todas las preocupaciones que nos rondaban por la cabeza, de los agobios y de las ocurrencias con más o menos sentido, como la posibilidad de que aquel fuera el primer paso que nos encaminara a nuestra boda. Para mí lo importante en aquellos momentos estaba en disfrutar de la compañía de Ana, de dejar atrás los malos momentos de todo el día por desacuerdos y malentendidos con más o menos sentidos. Que yo si había dicho o hecho algo que a ella le hubiera molestado, había sido por un exceso de confianza y no porque me gustase pelearme con ella. Estaba allí para pasar el fin de semana con ella, que todo el mundo nos viera felices y no marcharme con la sensación de que había sido una pérdida de tiempo. Se suponía que, aunque la gente de Toledo regresara al día siguiente, yo me quedaría hasta el lunes por la mañana, abusaría un poco de la hospitalidad de los padres de Ana, ante la evidencia de que me sentía en deuda con ésta y casi pendía sobre mi cabeza la advertencia de que, si me marchaba antes, lo que estaría en juego sería el futuro de nuestra relación. Ella sabía que me tenía lo bastante conquistado como para que no fuera tan simple que me escapase.

Fue un baile de complicidad y de reafirmación de los sentimientos, la ocasión para que de una manera más clara y evidente los dos nos diéramos cuenta que nuestra relación empezaba a ir en serio, como si hasta entonces no nos hubiéramos mentalizado de ello porque nos habíamos fijado más en todo lo que interponía, en las dificultades. De algún modo los dos habíamos visto demasiado cercana y real la posibilidad de esa posible ruptura, que todo hubiera acabado en nada por falta de entendimiento y nos negábamos a que ello llegase a suceder. Aunque no hubiera sido necesario, con el asunto del ramo temíamos la aprobación explícita de todo el mundo, si es que aún nos quedaba alguna duda al respecto, porque, sin duda alguna, muchos tendrían presente nuestros desencuentros de los meses previos, de nuestro comienzo. Al vernos allí, tan cómplices el uno del otro, era razón suficiente para que aquello se diera por superado. Para nosotros era dejar atrás nuestro desencuentro por causa de mis comentarios poco acertados o de la evidencia de que hasta aquel momento nos habíamos exigido demasiado el uno al otro en una actitud un tanto egoísta y como pareja. Era nuestro momento de empezar a pensar más en los dos y no tanto en nosotros por separado, ser capaces de moverse al mismo ritmo, sin pisarse los pies y sin que las manos se considerasen una amenaza contra la integridad.      

En cierto modo podía decirse que me sentía feliz y secuestrado entre sus brazos, aunque fuera ella quien se dejara abrazar, pero yo quien me sentía atrapado por su cariño y corazón. Ella buscaba esa tranquilidad y descanso en mi compañía, tras las tensiones de las horas previas necesitaba sentirse en paz consigo misma, además de conmigo, que se enmendara o desvaneciera cualquier mal pensamiento o sentimiento que se le hubiera pasado por la cabeza con respecto a nuestra relación y futuro, que durante el tiempo que aún siguiéramos allí recuperásemos el tiempo perdido por causa de las tensiones de todo el día. Frente a la firmeza y fortaleza de su carácter, en aquellos momentos prefería que la considerase y la viera como la chica más indefensa y desamparada, que me olvidase de esa imagen de chica huidiza y enfadada. Quería que todo transcurriera como desde un principio había esperado y que, por causa de un desafortunado comentario, se vio truncado. Me tenía allí, estábamos juntos y eso era lo que de verdad importaba. Debido a las distancias me había echado de menos y de algún modo pesaba sobre sus sentimientos el hecho de que, en cuanto lo pensara un momento, vería cómo me marchaba de vuelta a Toledo de manera irremediable.

Ana: ¿Nos vamos? – Me preguntó. – Es tarde. – Justificó.

Manuel: ¿Estás cansada?- Le pregunté.

Ana: Dijimos que un baile y nos íbamos. – Me recordó. – Nos despedimos de los novios y nos vamos a dormir. – Me indicó.- Tú, conduces. – Me dijo. – Yo, con estos zapatos, no puedo.

Manuel: Vale, como quieras. – Le contesté. – Vayámonos.

Según la hora en mi reloj ya eran más de las tres y media, el tiempo se nos había pasado en un abrir y cerrar de ojos. De no haber sido por su cansancio habríamos seguido allí hasta el amanecer, hasta que la luz del sol hubiera hecho darnos cuenta del paso del tiempo. La verdad es que yo no tenía ninguna prisa. Tampoco es que me hubiera planteado quedarme con ella para siempre desde aquel mismo fin de semana, pero no tenía preferencia entre volver a Toledo el domingo por la tarde o el lunes por la mañana, había ido en autobús y la idea era regresar de la misma manera, aprovechar el fin de semana para estar juntos. A pesar de las incomodidades o tensión que me provocaba pasar otro día más en su casa, con sus padres, estaba dispuesto a asumirlo, no tanto por hacerme el valiente, como por el hecho de demostrarle mi interés, que me planteaba nuestra relación con la seriedad que merecía, en cierto modo, para que después no me recriminase que le hubiera dejado abandonada o le hubiera fallado, ante el riesgo de que después me lo echase en cara. Quería que le quedase claro que ese fin de semana estaba allí por ella, que el tema de la boda no era más que una excusa, aunque, en realidad, no necesitara ninguna para hacerle una visita más que el hecho de que fuésemos novios.

Ella se aprovechó que se rompía la intensidad de mi abrazo para mirar la hora y se liberó con idea de dejar claro que era en serio que prefería que nos marchásemos, al menos que se rompiera aquel silencio como si tuviera la sensación de que era mejor que nos moderásemos, que recuperásemos la compostura porque todo el mundo tenía la mirada puesta en nosotros. Sin pretenderlo nos habíamos convertido en la pareja del momento, robado todo el protagonismo a los recién casados, lo que le empezaba a poner nerviosa. Como si aquello, sin pretenderlo, fuera una manera tácita de remover el pasado y aquellas muestras de cariño conmigo fueran un intento por cerrar de manera definitiva esa etapa de su vida, tanto de cara a los demás como para sí misma. Ella había acudido a la boda como una amiga más de los novios y como el resto de los invitados pretendía compartir la felicidad de éstos, con la suerte de que tenía con quién, que su vida sentimental también se había resuelto. A mi lado pretendía pasar inadvertida, pero aquella situación empezaba a no gustarle porque algo que hasta entonces había sido personal se convertía en un asunto público. Era como si de pronto sintiera que justificaba sus razones para estar conmigo, ante lo cual prefería que nos quitáramos de enmedio.      

Gente: (A coro) ¡Qué se besen! ¡Qué se besen! – Empezaron a gritar.

Por enésima vez a lo largo de la noche se repetía la misma petición y grito, de lo cual en alguna ocasión nosotros también habíamos participado como una manera de olvidarnos de la tensión surgida entre los dos y sentirnos parte de la fiesta, en cierto modo había sido nuestra manera de desahogar las tensiones y de lanzarnos mutuamente esa petición para superar nuestras discrepancias, sin que ello hubiera tenido respuesta por parte del otro, en todo caso, provocado que los dos nos cohibiéramos al sentir que nos buscábamos con la mirada, aunque la del otro nos pareciera un tanto fría o que se desviaba para evitar ese cruce y atracción. Una vez superada aquella crisis de pareja, los dos sentíamos el impulso de participar de la complicidad y la alegría de la fiesta, de compartir la felicidad de los novios, porque nos sentíamos liberados del lastre y, por lo tanto, con cierta envidia. Entre nosotros, hasta aquel momento no había habido ese tipo de besos tan apasionados, pero cada vez que escuchábamos esa petición ese impulso cobraba más fuerza en nuestro interior y nos cohibía que una iniciativa precipitada provocase una nueva discusión entre los dos porque aún no teníamos plena conciencia de que en nuestra relación los dos íbamos al mismo paso.

Continua en el libro……