Manuel. Silencio en tus labios ( 2)

27 de julio, domingo

Por la mañana, los novios madrugamos algo más que nuestras respectivas para cumplir con la costumbre de rondarles el último día y dado que ir de habitación en habitación sería un tanto incómodo y la cuestión era que las sorprendiéramos a todas y que los matrimonios participasen de la diversión, aparte de que el hecho de estar en varias plantas complicaba el plan. Nos colocamos en la puerta de la capilla, en realidad en el recibidor, para cantarles según aparecieran por allí, ya presentables y dispuestas a recibir nuestros halagos previos al rezo de laúdes. Lo malo fue que ellas se olieron la sorpresa porque no fuimos bastante sigilosos ni discretos y bajaron todas a la vez, cuando hubiéramos esperado que lo hubieran hecho, sino de una en una, al menos, en pequeños grupos. Es más, fueron ellas quienes nos cantaron y rondaron a nosotros para ver la cara de tontos que se nos quedaba ante aquel panorama y que no fueran siempre ellas las halagadas. Lo cual nosotros no nos tomamos a mal, dado que les correspondimos.

Durante el desayuno Ana dio muestras de haberse despertado especialmente contenta. Había visto confirmado que lo nuestro tenía futuro hasta el punto de no reprimirnos a la hora de tener gestos de complicidad y sutilezas tan típicas suyas, como fue coger una de mis galletas, mojarla en mi taza y comérsela con total tranquilidad, para después coger una de sus galletas, mojarla en su taza y ofrecérmela para que me la comiera y así saldó esa deuda. Me dejó claro que el noviazgo se había hecho para compartir. Al menos, en esa ocasión, no terminamos distanciándonos como el día anterior a causa de un inoportuno comentario por mi parte. De hecho, me pareció mejor contagiarme de su buen humor, porque las expectativas para aquella tarde no eran tan optimistas. Tendría que enfrentarme de nuevo a sus padres y pasar la noche en su casa, lo cual me cohibía bastante, pero asumía que lo haría por amor, por nuestro noviazgo.

Después tuvimos tiempo para desalojar las habitaciones. Lo novedoso para mí fue que mi mochila fuera al maletero del coche de Ana. Empecé a mentalizarme de que aquella tarde no ocurriría como en la Pascua, nos marcharíamos de allí los dos juntos tal y como habíamos llegado el viernes por la noche, lo que conllevaba que nos tomásemos nuestra relación muy en serio, más cuando podía decirse que, de todas las parejas, seríamos la única que no llevaría nadie más en el coche, y que más que como novios saldríamos de allí como los matrimonios, lo cual sería un gran avance en nuestra relación en cuatro meses o en los últimos días, según la fecha que cada cual escogiera para determinar nuestro inicio. En cualquier caso, iríamos demasiado de prisa. Sin embargo, Ana me lo había propuesto y yo había aceptado. De hecho, hasta cierto punto, los demás entendían que me quedase. Había ido hasta allí para estar con ella y no me podía marchar sin más, aunque más de uno reconociera que no quisiera estar en mi pellejo, dado que era mucho compromiso.