Manuel. Silencio en tus labios ( 2)

28 de julio, lunes

A la mañana siguiente, lunes y día laborable, los padres de Ana internamente parecían querer echarme a la calle cuanto antes para que a ésta no se le ocurriera el capricho de pedirme que me quedara otro día más, ni siquiera hasta después de comer. Externamente se mostraron bastante más cordiales que la tarde anterior. La noche había transcurrido sin problemas y la integridad de Ana se mantenía intacta, lo cual decía mucho en mi favor, pero no lo suficiente para mi total aceptación en la familia ni para que me acomodase más de lo debido. Aquella no era mi casa ni pretendía que lo fuera, al menos mientras mi relación con Ana no se hubiera estabilizado y sus padres no dijeran lo contrario, aunque la verdad era que no tenía intención de volver a encontrarme en una situación tan tensa y comprometida como aquella. Mis nervios no lo aguantarían y era evidente que los padres de Ana tampoco lo consentirían. Debía hacer muchos méritos antes de merecerme de nuevo esa hospitalidad y por mi parte más interés no tenía. Ana quería hacerme parte de su vida, le pesara a quien le pesara, y era aconsejable que no fuera por encima de la opinión paterna.

Si su intención fue que no tuviera ocasión de ver a Ana en pijama, la verdad es que en ese sentido la suerte no estuvo muy de su parte. Yo iba por el pasillo y ella entraba corriendo en su dormitorio, no tardó ni medio segundo en cerrar la puerta para esconderse de mí, pero el caso es que la sentí bastante más natural que en la Pascua y, sobre todo, menos condescendiente en esos despertares con público, más cuando sus padres estaban pendientes de todos nuestros movimientos y no consentían ningún exceso ni libertad por romántica o de complicidad que fuera. Si habían permitido que me quedase, por no echarme a la calle, pero eso no me daba derecho a ir más allá del comedor o entrar en el cuarto de baño, si estaba libre y lo necesitaba. Mis ojos, mis manos y mis pensamientos cuanto más lejos estuvieran de Ana mejor para todos. Si durante la convivencia esa había sido mi principal virtud, allí me debía hacer merecedor del premio Novel o, al menos, de la admiración o la gratitud de sus padres y por supuesto de ella misma.

La despedida fue en la estación de autobuses, me llevó hasta allí en su coche y, aunque quedase bastante ridículo, su hermano se vino de carabina, lo cual los tres coincidimos que era innecesario, pero sus padres no cedieron a la lógica y no hubo nada que discutir. El viernes nos habíamos ido juntos a la convivencia sin mayor problema, pero ir a la estación de autobuses no les inspiraba tanta confianza, como si temieran que Ana se fugase conmigo o algo peor, cuando la verdad era que yo deseaba montar en aquel autobús y dejar atrás aquella pesadilla, aunque me doliera ese distanciamiento de Ana, sin saber cuándo tendríamos la oportunidad de volver a coincidir, sin que el compromiso de mantener el contacto fuera un alivio ante los precedentes y a pesar de que en ese fin de semana hubiéramos afianzado nuestra relación, nos lo tomábamos más en serio. Habíamos ganado confianza y complicidad, conocido nuestros fallos y tomado la decisión de no ser tan lanzados a la hora de hacer planes. Sus padres serían un freno a tener en cuenta y que Ana no lo pasaba por alto.

Continuará……