Manuel. Silencio en tus labios ( 2)

Después de cenar, no regresamos a la capilla, nos salimos todos al patio, era momento de relajarse y compartir impresiones entre todo el grupo; no tanto un anticipo de lo que sería la asamblea final sino el saber cómo le estaba yendo a cada uno, dado que aún nos quedaba un día para corregir posibles fallos o encauzar a quien anduviera más despistado. Fue el momento para hablar con claridad de nuestras impresiones y que planteásemos cuantas dudas tuviéramos respecto a lo dicho y escuchado hasta entonces. Sabíamos que estábamos en un clima de fraternidad y que se podía hablar con entera libertad, que de decir algo inadecuado o hacer confesiones personales nuestras palabras no saldrían de allí, aunque no se trataba tanto de hablar de uno mismo como del sentido que se le daba a la relación en pareja desde la vivencia de la fe. En el fondo era demostrarnos a nosotros mismos que en aquella convivencia había tiempo para todo, incluso para poner de manifiesto que se estaba allí en pareja y eso no era incompatible con la vida de oración ni la implicación en el Movimiento.

En nuestro caso muy mal no nos iba, aunque a mí me lo pareciera, dado que, a diferencia de la actitud mantenida a lo largo de todo el día, Ana no rehuyó mi proximidad, no se mostró tan fría. Debió pensar que ya había escarmentado bastante o que a aquellas horas de la noche estaba tan necesitada de mi cariño, como yo del suyo, y era absurdo reprimirse, más cuando pretendíamos ser una pareja como las demás en todos los aspectos, de modo que se sentó a mi lado y se cogió a mi brazo para que no me escapara y así consiguió un poco de calor en medio del frescor de la noche. No hizo falta que me dijera nada, yo tampoco se lo dije. Aquella confianza y complicidad mutua era justo lo que los dos estábamos buscando. Me pareció lo más acertado en todo el día, por lo que no tuve reparos en permitirle que compartiera conmigo ese calor corporal en presencia de los demás, que quizá no se mostrasen tan acaramelados porque tal vez no necesitaran dejar tan claro lo mucho que se querían. Nosotros estábamos empezando y preferíamos no reprimirnos cuando se presentaba la ocasión, más cuando tampoco teníamos tantas.

Se aprovechó de esa circunstancia y me preguntó por mis intenciones para el día siguiente, tuvo en cuenta que no podíamos presentarnos los dos en su casa sin previo aviso, aunque no esperaba que sus padres tuvieran inconveniente en acogerme por una noche después de haber sido presentado como su novio y más si tenían en cuenta que después nos separaríamos por tiempo indeterminado. Es decir, ella era más partidaria de pensar que me quedase para que aquella visita tuviera algo más de sentido y así demostrarle a todo el mundo que nuestra relación iba más allá de esa convivencia de fin de semana, por lo cual el hecho de quedarme una noche supondría entender lo que estábamos viviendo, lo que casi sería un secuestro por amor; sería yo mismo quien pagase el precio de mi liberación, consciente de que ganaría muchos puntos frente a Ana o quienes no fueran muy optimistas respecto a nuestro futuro. Era el momento de que me lo tomase en serio.

Tal vez mi respuesta no fuera la más apropiada por lo comprometido del caso, pero valorando las ventajas e inconvenientes, lo importante que aquello parecía ser para Ana, le dije que aceptaba, que me quedaba, pero sólo por una noche, y cogería el primer autobús que saliera por la mañana. No dejaría que me retuviera allí más tiempo, dado que no pretendía ser una molestia para sus padres ni para nadie. De hecho, aquello no le obligaba a corresponderme, ya que mis padres aún no la conocían y me parecía un tanto precipitado hacer las presentaciones. Mi situación, si se quería entender así, era distinta, porque yo allí no tenía la suficiente confianza con la gente del grupo de su parroquia y Ana parecía lo suficiente acaparadora como para tomarse a mal que rehusara su hospitalidad. En todo caso, temí que supiera encontrarle las vueltas y se presentase en mi casa antes de lo que a mí me gustaría. Las distancias que nos separaban nos obligaban a tomar pasos largos en poco tiempo y, si teníamos que tomarnos en serio aquella relación, aquello para Ana resultaba importante. Yo cobraba preferencia sobre sus amigas.

Como la noche anterior, las buenas noches se las di en el descansillo de la escalera. La imagen de su madre con la zapatilla en la mano enfriaba cualquier pensamiento o tentación de acercarme hasta la puerta de su dormitorio, aparte de que aquella noche, con mayor motivo, debía hacer méritos para merecerme su confianza y le daba a entender mis buenas intenciones con respecto a su invitación porque al día siguiente serían sus padres y no la gente del Movimiento quienes controlarían nuestros impulsos y éstos no serían tan considerados por mucho que yo les hubiera caído en gracia o asumieran mi estancia allí como una imposición de Ana. Su opinión era vinculante para futuras visitas y prefería no marcharme de allí dejándoles una mala impresión. De momento aquella noche era Ana quien tenía la última palabra y no quiso que me acercara más de lo necesario a su puerta. A los dos nos estaba yendo bien la convivencia y era mejor que no se estropease en el último momento. Debíamos aprender del buen ejemplo de los demás.