Manuel. Silencio en tus labios ( 2)

Julio, 2003

La ocasión para que Ana y yo nos viésemos de nuevo se me presentó en julio, gracias a la convivencia de fin de semana que se organizaba en su ciudad a final de mes y a la que se invitó a asistir a las parejas de novios y los matrimonios jóvenes del Movimiento, por lo cual en otras circunstancias no habría mostrado ningún interés, teniendo en cuenta que me sentiría un tanto fuera de lugar, desplazado entre tanta pareja. Por otro lado, tampoco tenía seguro si Ana estaría por allí en esas fechas, aparte de que no fuera muy aconsejable aprovecharse de una actividad del Movimiento con fines personales y ajenos a éste. Dado que, más que asistir a la convivencia, tendría una excusa para presentarme allí sin más. En caso de que Ana tampoco quisiera verme, me quedaría desamparado, y me pasaría el fin de semana sintiendo que había cometido una estupidez. Sin embargo, si me salía bien la jugada, la carambola, cabría la posibilidad de hablar con Ana y formalizar aún más el hecho de que éramos pareja y nos juntaríamos con parejas de quienes tomaríamos ejemplo.

Para no cometer ninguna torpeza ni quedar mal ante nadie, antes de nada, me aseguré que mi asistencia a la convivencia era posible, que el hecho de ir solo no supondría un inconveniente y por supuesto no oculté el pequeño detalle de que ésta se desarrollaría en la ciudad donde vivía Ana y que era mi oportunidad para reunirme con ésta y que se solventaran esas pequeñas discrepancias surgidas meses antes por falta de entendimiento entre los dos. Es decir que mi verdadero interés por la convivencia se limitaba casi en exclusiva al lugar donde se desarrollaría, pero, de todas maneras, me sentía encaminado a la vida matrimonial y, aunque me sintiera un tanto fuera de lugar al principio, quizá aquellas charlas, y el hecho de relacionarme con parejas ya formadas y con una cierta estabilidad, me permitiera vivir de manera más plena mis sentimientos y mi noviazgo con Ana, si superábamos aquel bache o descubríamos que no estábamos llamados a formar juntos una familia y que nuestro bache era la manera más cruda de abrirnos los ojos a la realidad.

Para que se aceptase mi inscripción se me pusieron dos condiciones que consideré prudentes. La primera y fundamental una charla con mi director espiritual porque no era cuestión de lanzarme a algo que al final no me ayudase, aparte de que mi asistencia alteraría el clima de fraternidad y tranquilidad de los demás, que no tenían que sufrir con mis historias personales, si éstas no tenían sentido. Tal vez mi director espiritual me hiciera ver que aquella crisis sentimental era la evidencia de que lo mío con Ana no tenía futuro; éste no era el único que tenía dicha opinión al respecto. En cualquier caso, no estaba de más que me orientase ante esa disyuntiva. Aunque Ana y yo hubiéramos tenido el mismo director espiritual, éste hubiera sido imparcial y objetivo en sus recomendaciones.

Cumplido y superado ese primer trámite, la segunda condición era quizá igual de relevante, que alguien me confirmase que, por lo menos, Ana se encontraría en su casa en esas fechas y que no saldría corriendo en cuanto me viera aparecer y que, si no tenía intención de apuntarse a la convivencia, por lo menos, se plantearía la asistencia a alguna de las charlas o ratos de oración que se habían programado. El fin de semana sería intenso en cuanto a los ratos de oración en la capilla y de confraternidad entre todos. Es decir, si Ana quería estar conmigo, tendría que saber a lo que iba y no quedarse en la puerta. No era una convivencia para mirones ni una excusa para que yo estuviera por ahí de ligue.

A través de una de las amigas de Toledo contacté con una de las de allí y me hice una idea aproximada de dónde y cómo localizar a Ana el viernes en que empezaba la convivencia, sin tener que presentarme directamente en su casa y sin que ésta tuviera que esperarme, aunque supiera lo de la convivencia y quizá se plantease acercarse por allí algún día, aunque sólo a saludar, dado que me confirmaron que no se había apuntado porque aseguraba que no tenía pareja ni ánimos para pasarse el fin de semana con las parejas del Movimiento y lamentándose de su situación. Por lo que me comentaron, si yo me presentaba allí, tendría la seguridad de que no saldría corriendo, aunque eso de hacer borrón y cuenta nueva tras nuestra pelea no fuera tan seguro. Había pasado demasiado tiempo y Ana estaba desencantada conmigo, pero no había perdido del todo la ilusión de que me presentara allí cualquier día para reconquistar su corazón, si es que aún estaba interesado. Fácil no me lo pondría, pero demasiado difícil tampoco, dado que conservaba mis cartas y, según sus amigas, se pasaba las horas releyéndolas.