Manuel. Silencio en tus labios ( 2)

Por si no estaba ya bastante cohibido, los padres de Ana se presentaron allí para asistir a la misma misa que nosotros, lo cual en principio no suponía ningún problema. Era domingo por la mañana y nos considerábamos un Movimiento abierto, no había nada que esconder en ese sentido. Es más, aunque Ana ya fuera una mujer adulta y responsable, no había razón para que sus padres se mantuvieran al margen o ajenos a lo que ésta hiciera. En todo caso, aquella mañana la visita parecía sobradamente justificada por lo uno y por lo otro, de lo contrario no se entendería que se hubieran acercado a hasta allí. Confirmó con hechos que aquel noviazgo no era ninguna tapadera ni ocultaba su verdadera vocación, que parecía ser su mayor temor, lo que por mi parte estaba descartado, porque Ana era lo bastante sensata como para no intentar jugar con los sentimientos de nadie y menos aún delante de toda la gente del grupo. La cuestión vocacional era demasiado seria como para que se andará con tonterías a su edad.

Después de misa, primero hablaron sólo con ella, era lo oportuno, dado que debían decidir sobre la validez que le daban a sus sentimientos y la importancia que ello tendría a nivel familiar. Era preferible que me mantuviera al margen y no intentase mediar en la conversación ni en la discusión. No asumí una potestad que nadie me había atribuido hasta entonces. Ana sabía tratar a sus padres y debía defenderse sola ante sus discrepancias, en caso de que las hubiera. Si les convencía, se allanaría el camino para que yo fuera aceptado en su casa, en caso contrario tendría que sacar mi mochila del coche y asumiría el cambio de planes, dado que la opción de fuga no entraba dentro de la lógica. Ana debía respetar a sus padres y había mejores soluciones que esa para llegar a un acuerdo. En principio bastaba con una actitud dialogante por parte de los tres, donde estuvieran dispuestos a ceder en sus rígidas posturas, siempre y cuando se viera que sería por el bien de todos y no se encaminase hacia un callejón sin salida.

La conversación fue larga hasta el punto de que no quisieron hablar conmigo porque ya era hora de comer y no tenían intención de quedarse. Estaba todo dicho y no era oportuno que se mezclasen asuntos familiares con lo que allí se estaba viviendo. El gesto de Ana cuando se reunió conmigo en el comedor me dio a entender lo tenso que había sido la conversación, que sus padres no eran tan condescendientes con ella como hubiera deseado. Sin embargo, se limitó a darme un beso y me confirmó que esa noche dormiría en su casa. La balanza no se debía haber desequilibrado en ningún sentido, pero en eso Ana se había impuesto; le había sacado a sus padres un voto de confianza, aunque conmigo no entrase en más detalles, tampoco hacía falta, la expresión de su cara lo decía todo. Uno de sus padres no aprobaba aquella relación entre nosotros o al menos no como Ana lo estaba planteando. El otro, más conciliador, se ponía de su parte para que viera la realidad de una manera más calmada, le daba tiempo al tiempo y evitaba que aquello se convirtiera en una tragedia familiar y personal.

Sin dar muchas explicaciones, después de la comida, nos despedimos de todo el mundo y nos marchamos, aunque no con intención de ir a su casa. Ana conducía y yo me dejé llevar ante el hecho de que en aquellos momentos era mejor que mantuviera la boca cerrada. La conversación con sus padres le había fastidiado el fin de semana y era mejor que yo no empeorara la situación, dado que no me parecía bien quedarme en medio de ninguna parte y sin saber a dónde ir ni a quién acudir para regresar a casa. Ana necesitaba de mi compañía y apoyo moral aquella tarde y, si quería ejercer de novio, no tenía más remedio que resignarme. De hecho, para mí era un alivio que no fuésemos directamente a su casa, lo cual no me apetecía y menos en vista del estado de ánimo en que se encontraba ella. Era mejor que nos presentásemos allí cuando los nervios se hubieran calmado para que la velada fuese lo más hogareña y tranquila posible. Si al final no era tan bien recibido, prefería que al menos no se me tratara de una manera demasiado fría.

Después de algunas vueltas por la ciudad terminamos en el cine, en la sesión de las cinco y media; la película era lo de menos. Ana sólo buscaba un sitio tranquilo donde esconderse de sí misma y del mundo. Pagó las entradas porque no aceptó mi dinero. Y cuando nos sentamos en las butacas, uno al lado del otro, no hubo que esperar mucho tiempo a que apagasen las luces y ella se perdiera en medio de aquella oscuridad. No quiso que le cogiera la mano ni buscó mi proximidad. No le apetecía saber nada de nadie y por mi parte tampoco forcé la situación, dado que no era capaz de entender su comportamiento, aunque intuyera la causa. Era una mala manera de acabar el fin de semana o de pensar que tras nuestra participación en la convivencia se nos presentaba un futuro prometedor. La conclusión más fácil era que nuestro porvenir como pareja era bastante negro y quizá fuera el momento de replantearnos si merecía la pena seguir adelante con tanto sacrificio y esfuerzo.

Mi atención durante la película se repartió entre la pantalla y la butaca de al lado, entre la claridad de la imagen con aquel sonido envolvente y la penumbra de la que manaba aquel silencio en el que se aislaba Ana. Tampoco podía decir que ella se quedase muy quieta, aunque pretendiese pasar inadvertida y no atrajese mi atención. Tenía demasiados agobios en la cabeza como para controlar sus movimientos. No estaba cómoda sentada de ninguna de las maneras y tan pronto se apoyaba en un brazo de la butaca como en el otro, hasta el punto que me dio alguna patada involuntaria a la que no respondí. La verdad es que llegué a lamentar haberle dicho que me quedaba aquella tarde. En vista de cómo estaba comportándose, lo lógico hubiera sido que me marchara a casa con los demás, pero me retenía en el cine, me había sacado de la convivencia, imposibilitaba cualquier intento de cambiar de parecer. Me tenía atrapado y, yo mismo me había involucrado, asumí el riesgo.

Después de la película, mientras ella se tomaba una tila y yo un granizado, me contó a grandes rasgos lo que le pasaba y me hizo ver que tenía sus razones para encontrarse tan alterada. Su madre le había dejado claro que yo no le había causado buena impresión y seguía apostando por Carlos, aunque, si ella se ponía cabezota, al final me aceptaría a regañadientes por no discutir, en espera de que el tiempo le diera la razón, lo cual no dudaba porque sería difícil que se equivocara en su intuición maternal. Su padre, por el contrario, aunque no le quitase la razón a la madre, parecía más dispuesto a creer en nuestra relación, pero desaprobaba que se lo tomase tan en serio desde el principio cuando aún nos estábamos conociendo. Es decir, le recomendaba moderación y más sentido común. A pesar de todo ello, los dos habían accedido a que pasara la noche en su casa. Aunque hubieran sido tan estrictos que raro sería que me dejaran respirar más de la cuenta, no fuera quitarles también el aire.

En pocas palabras Ana me dio a entender que su invitación de aquella noche sus padres no la habían recibido muy bien y entendido peor, de tal manera que mi desafortunado comentario del sábado por la mañana, que a ella tanto le había crispado, oído de labios de sus padres había sido el colmo de la desconfianza y de la pérdida de toda lógica. Después de tres meses sin vernos y cuando teníamos la oportunidad de pasar un fin de semana juntos, sus padres habían tenido la poca discreción de acusarla de algo imposible, se juzgase como se juzgase, no había habido ocasión. Y en caso de que la hubiera habido, Ana tenía el suficiente sentido común como para no dar pie a ello. A mí me lo había demostrado y sus padres, que la conocían mejor, se atrevían a ponerlo en duda, se basaban en conjeturas sin el menor fundamento. Mayor torpeza no se podía cometer y era comprensible que Ana estuviera indignada y sin ánimo para estar con nadie. Me sentía afortunado porque conmigo había hecho una excepción.

Le sobraban las razones para estar alterada y era un alivio pensar que no hubiera hecho ninguna tontería en venganza contra esa acusación que a mí me dejaba en mal lugar, pero que para ella era aún peor. Sus padres habían intentado buscar una justificación irracional y poco ética al hecho de que Ana estuviera conmigo y no con Carlos. Que lo atribuyesen a una cuestión de celos era creíble, aunque injustificado, pero las acusaciones de sus padres parecían ir mucho más allá de esa cuestión, como si Ana no tuviera la cabeza en su sitio y un mínimo de dignidad personal para actuar de manera coherente con sus creencias, por mucho que ello bastara a sus padres para explicarse por qué había cambiado de pareja. Carlos podía tener más o menos cualidades que yo, eso se admitía, pero lo que sus padres insinuaban era caer muy bajo; ponían a Ana a la altura del betún o algo peor, por lo que consideraban un capricho tonto o una rabieta, un momento de debilidad del que me hubiera aprovechado.

Frente a esa situación, ella reconoció que no sabía qué hacer. Se sentía a humillada por sus padres y no sabía si volver a casa aquella tarde o marcharse hasta haberse recuperado de la impresión y tener las ideas un poco más claras, irse donde nadie le preguntara nada al respecto. Tenía la mochila en el coche y todo era cuestión de poner tierra por medio. Sin embargo, el remedio sería peor que la enfermedad y no podía culpar a sus padres por llegar a aquella conclusión. Con Carlos hubiera tenido la vida resuelta, pero que lo hubieran dejado por falta de entendimiento no tenía nada que ver conmigo. Si mi situación no era tan ideal, tampoco era algo que le importase o pareciera relevante. Me quería y prefería vivir ciega de amor antes que tuerta y desgraciada el resto de su vida. Si sus padres eso no lo entendían es que ni ella misma sabía cómo le habían educado. Ella quería vivir enamorada y lo demás era secundario, si yo tampoco lo consideraba tan vital. Admitía que conmigo no tendría una vida de lujos ni muchas comodidades, que quizá pudiera aspirar algo más, pero se contentaba con escuchar los latidos de su corazón. Las cuestiones materiales se las resolvía ella misma.