Manuel. Silencio en tus labios ( 2)

25 de julio, viernes

Cuando llegamos a la Casa de Ejercicios, ya había gente que nos esperaba, eran del grupo parroquial de Ana, entre los que se encontraba el responsable de que la convivencia fuera allí aquel año; eran los que se habían apuntado y pasarían el fin de semana con nosotros. Como ya me habían advertido, Ana no se encontraba entre ellos y, en principio, esa tarde tampoco tenía previsto acercarse, a lo sumo el domingo a la asamblea de por la tarde, si no le surgían otros planes. En verano, en realidad, la asistencia a esas actividades era tan solo para quien se hubiera apuntado, como sucedía con los campamentos o peregrinaciones. Sin embargo, tenía la vaga esperanza de que como era una convivencia para novios, de algún modo, Ana se diera por aludida y al menos tendría curiosidad, aunque entre los asistentes no estuviera nadie de su círculo de amistades. Sin embargo, todos éramos hermanos, y tal vez se acercase a recibir y saludar a quienes veníamos de fuera. Pero estaba de vacaciones y quería relajarse para evitar preguntas inoportunas sobre lo sucedido. Su actitud era la más prudente.

Se dio la circunstancia de que, para esa tarde, por cuestiones de horario, no habría sacerdote que oficiara la misa, de lo cual ya estábamos todos avisados, por si alguno iba a misa por la mañana y solventaba ese problema para no estar movilizando a todo el mundo, aunque se ofrecía la alternativa de asistir a misa en alguna de las iglesias de la ciudad. De las opciones que había, dado aquel grupo era de allí, la elección estaba clara, haría que aquella acogida fuera más hogareña y familiar en ese sentido, aunque para ello hubiera que desplazarse hasta allí en coche. Es decir, la intención era que no se moviera nadie de la Casa de Ejercicios, pero, si por alguna causa excepcional, como aquella, alguno tuviera que hacerlo, que fuese un grupo pequeño y no se alterase el horario de actividades. La asistencia a misa suponía una renuncia al tiempo disponible para instalarse o de trato con los hermanos, por si no conocíamos a alguno. Mi caso se incluía entre esas excepciones y de manera premeditada aún no había ido a misa ese día.

Sólo fuimos a misa tres personas, una de las parejas de la ciudad y yo, lo cual puso en evidencia lo excepcional del caso y la previsión hecha por los demás en ese sentido. De hecho, el mérito era de los organizadores gracias a que yo había ido con la verdad por delante, con la suerte de que contaba con la comprensión de todos en cuanto a mi situación sentimental, sin olvidar que también pensaban en Ana. Si los de su parroquia no hubieran confiado en que ésta estaría allí en aquellas fechas y que no cabía la posibilidad de que no quisiera verme, me hubiera quedado en casa, les hubiera librado de un montón de complicaciones. Si estaba allí era porque Ana estaba dispuesta a hablar conmigo, como poco me escucharía, y en esa ocasión no sería por teléfono sino cara a cara, como lo habíamos hecho el Domingo de Pascua para decirnos lo mucho que nos queríamos e iniciar aquel noviazgo llenos de ilusiones y truncado después por un malentendido que nos pesaba demasiado. Los demás, sus amigos, quienes la veían a diario, conocían su situación y al menos intentaban facilitarnos el camino, aunque no pretendiesen jugar con los sentimientos de nadie.

Sin embargo, no fue en aquella iglesia donde me encontré con Ana. De hecho, tenía la esperanza de que nos encontráramos, pero no apareció, lo cual me dejó preocupado, ya que, según se me había dicho, aquella era su costumbre y, salvo fuerza mayor, no la alteraba. Llegué a plantearme la posibilidad de que se hubiera enterado de mis intenciones y, en contra de lo que los demás habían supuesto, no estuviera muy dispuesta a verse conmigo, al menos aquella tarde. Ante lo cual, pasarme el fin de semana detrás de ella sería poco aconsejable y una falta de consideración hacia los que asistían a la convivencia, ya que, si se contaba con mi participación, no podía pasarme el día callejeando por la ciudad tras alguien que quizá me evitase o no pusiera demasiadas facilidades para ser encontrada antes de tener claro si quería de verdad darme esa segunda oportunidad. Tal vez pretendiese que sufriera un poquito para que le demostrase que el hecho de verse conmigo valía la pena, aunque desaprovechase el fin de semana para estar juntos y hablar, que era la intención que yo llevaba.

Para la vuelta a la Casa de Ejercicios pasamos de manera inevitable por delante del portal de Ana, por su calle. Y no es que supiera qué edificio era ni conociera la ciudad, pero no ocultaba mi curiosidad en ese sentido; como había estado en su parroquia, el interés por el nombre de las calles por las que el coche pasaba era impulsivo, aparte de que a esa dirección de correo había enviado varias cartas y ya me la sabía de memoria. Digamos que me había acercado hasta allí para conocer aquella faceta de la vida de Ana que sólo conocía a través de lo que me había contado y por lo cual había tomado conciencia de lo poco que sabía de ella. Me había enamorado de su persona, pero no de su realidad. Desventaja que Ana no tenía tan marcada conmigo. Ella no había estado en mi casa, pero sí en mi ambiente, en mi barrio, en la iglesia a la que iba a misa los días de precepto y entre semana; me conocía lo suficiente como para tener un criterio más objetivo sobre sus sentimientos.

El coche se detuvo y me dejaron justo allí, frente al portal, no porque tuviera el atrevimiento de probar suerte y llamase a su puerta; reconocía que mi osadía no llegaba a tanto y que mi única intención era ese encuentro con Ana donde ninguno de los dos se sintiera demasiado comprometido, aparte de que, para quienes iban conmigo en el coche, fuera una responsabilidad abandonarme en medio de la ciudad por mucho empeño que yo tuviera por ver a Ana. Sin embargo, aquel voto de confianza no era ninguna locura. Si accedieron a dejarme allí, fue porque me dejaban en buena compañía, dado que, por casualidad, el conductor distinguió a Ana entre la multitud, a lo lejos, venía hacia su casa, como si, con premeditación, hubiera alterado sus costumbres y tuviera la tranquilidad de pensar que aquella tarde no habría sorpresas o que simplemente aprovechaba las vacaciones para romper con la rutina, ajena a todo lo que se refiriera a mí. Incluso que, si conocía mis planes, hubiera preferido no darme demasiadas facilidades en ese sentido. Se tenía que hacer de rogar o simplemente poner de manifiesto que su silencio de aquellos meses no era una simple invención mía, una justificación ante lo demás ante la ausencia de noticias.

El encuentro o reencuentro no pudo ser más improvisado, más cuando para Ana era muy poco probable que tuviera el atrevimiento de presentarme en su casa sin previo aviso, aunque no descartase que, de vivir los dos en la misma ciudad, aquella hubiera sido de las calles más frecuentadas para mis paseos, aunque aquella crisis tampoco hubiera durado tanto porque nos habríamos tenido que ver y ocasión para solventar esas pequeñas discrepancias, sin que le diéramos tanta importancia a las distancias o al hecho de sentirnos impotentes ante la primera dificultad que se presentaba en nuestra relación. Después de algo más de tres meses de relación sólo habíamos disfrutado de ésta las primeras tres semanas y gracias a la correspondencia cuando los dos necesitábamos vernos y disfrutar de cada instante de nuestras vidas para ganar confianza y complicidad como pareja, en esa renuncia a nuestras individualidades a favor del otro. Pero eso se había perdido por culpa de aquel malentendido. En busca del remedio estaba yo allí, si es que Ana estaba dispuesta a que nos diéramos otra oportunidad y nos organizásemos mejor.

Si tenía la expectativa de que me recibiese con los brazos abiertos, una sonrisa de oreja a oreja y tantos besos como me habría dado después de tres meses, me quedé con las ganas porque no me hizo demasiado caso, aunque me viera, la llamase y pasara por mi lado, tan cerca que casi me pasó por encima. Se mostró sutilmente fría, hasta el punto que se metió las llaves en el bolsillo y llamó al portero automático para que le abrieran la puerta. Me dio la espalda, a pesar de que yo estaba allí. Me ignoraba con todo descaro, como si el hecho de sentir que la llamaba por su nombre fuera fruto de su imaginación y con la tranquilidad de que no le pondría la mano encima. Tampoco quería que reaccionase mal y me lo planteé un poco a broma, ya que entendía que aquel no era el lugar más idóneo para vernos y quizá por eso me evitara, no se pusiera en evidencia o se hiciese de rogar. Sin embargo, me habían dicho que no se negaría a hablar conmigo y por eso no desistí ni me lo tomé tan en serio como me daba a entender. No era convincente.

La voz que le contestó por el portero automático me pareció la de su madre, por lo que se me hizo un nudo en la garganta; no sabía si con ello Ana me daba a entender que no quería verme o me echaba de su vida para siempre. La posibilidad del encuentro con sus padres me parecía demasiado comprometida en nuestro primer reencuentro como pareja, estábamos en medio de un bache; aunque desde hacía tres meses nos considerásemos pareja y, dado lo poco que nos veíamos, el avance en nuestra relación tampoco podría ser mucho más lento, de modo que presentarme a sus padres era la manera de que entendiese que ella se lo tomaba en serio y estaba dispuesta a lo que hiciera falta para que lo nuestro perdurase. De todas maneras, a mí no me parecía muy prudente ese enfrentamiento obligado por aquella situación sin previo aviso, sin tiempo; aquella tarde no estaba mentalizado ni me apetecía pasar por ese trago. Tan solo aspiraba a hablar con ella y que se solventasen nuestras discrepancias.

Cuando abrió la puerta, entró y, en vez de cerrármela en las narices e ignorarme, como había hecho hasta entonces, sujetó la puerta para que no se cerrara y clavó los ojos en mí, aunque me fijé más en cómo me sacaba la lengua de manera burlona. Sin necesidad de decírmelo, me invitaba a que la siguiera, a que entrase, dado que, de lo contrario, tampoco estaba seguro de que ella saliera ni sabía si se quedaría allí esperando a que me decidiera, a pesar de que tanto una expectativa como la otra me pusieran en un compromiso; o me enfrentaba a sus padres o me volvía solo a la Casa de Ejercicios con el remordimiento por aquel plantón. En cualquier caso, la repercusión sería relevante para nuestra relación; para que se formalizase aún más o para que se alargara aquella discrepancia, que fuera más agobiante. Sin embargo, no me había presentado allí para adornar la calle con mi presencia y debía obrar en consecuencia.

Me decidí a aceptar su invitación y lo hice con cierta ligereza, dado que Ana no reprimió su impulso, no era el picaporte de la puerta lo que quería tener entre las manos porque debido al muelle la puerta se cerraba sola, aunque, para que no se me viniera encima, mis pasos se vieron a acompañados por el agarrón de Ana; no pretendía que nos fundiésemos en un abrazo ni comerme a besos, que hubiera sido demasiado descarado, sino, más bien, evitó que me lo pensara mejor y me fuera antes de que la puerta se cerrara del todo. En la calle me consideraba uno de tantos y ella era lo bastante recatada como para no irse con cualquiera. Pero, de puertas para dentro, yo era su chico y no estaba dispuesta a que me marchara sin ella ni con otra. Llevaba tres meses a la espera de que nos viésemos de nuevo y suponía demasiado tiempo para lo mucho que me quería. Ella era el cebo, el portal la trampa y yo el ratoncito inocente que no pasaba de largo ante un mangar tan suculento, aunque como tal me quedase con hambre de todas maneras.

Lo primero que me hizo fue una recriminación por cómo había llegado hasta allí, de lo cual me confesó que estaba enterada y no se sentía muy halagada por ello. Lo había organizado todo sin consultárselo, como si no hubiera podido coger el teléfono y llamarla. Me aclaró que no siempre estaba tan enfadada o molesta conmigo como para colgarme o no descolgar. Ante lo cual esa tarde me merecía que no me hiciera caso, pero no se quiso privar de echármelo en cara para que asumiera mi estupidez. Si hubiera intentado hablar con ella, tal vez nos hubiéramos puesto de acuerdo y apuntado los dos a la convivencia, lo cual reconocía que le parecía algo positivo para nuestra relación, pero, dado que llevábamos varios meses sin hablarnos y yo no se lo había propuesto, ni siquiera se lo había planteado; por las noticias que le llegaban de mis intenciones, no era algo que le entusiasmara. Es decir, todo aquello se hubiera solventado con facilidad y sin intermediarios, con una simple llamada a tiempo, pero yo no me lo había planteado así.

Después llamó al ascensor y, mientras esperaba que éste bajase, me miró con cara seria y mantuvo las distancias, aunque no soltase mi mano para evitar que cometiera la estupidez de marcharme por causa de su malestar conmigo. Una cuestión era que estuviera enfadada y considerara estúpido mi comportamiento y otra muy distinta que, después de tres meses, se permitiera perderme de vista. Llevaba demasiado tiempo esperando ese reencuentro como para desaprovecharlo por una tontería tan seria como aquella; como había sucedido el domingo en la Pascua, tenía otras maneras más sutiles de vengarse sin ser ella quien sufriera las consecuencias. Si me marchaba, no sabía si volvería a tenerme para ella y, por encima de su malestar, valoraba sus sentimientos y el hecho de que en el fondo todo lo había hecho para volver a verla y darle una sorpresa. Sus expectativas hubieran sido más idóneas, pero la mía tenía un lado más romántico. Había sido capaz de llegar hasta la misma puerta de su casa con el único propósito de recuperar su cariño y al menos merecía que se premiara la intención.

Le dije que no era prudente que la acompañase hasta su casa y, más aún, si estaban allí sus padres. Nuestra relación no era aún lo bastante estable como para dar ese paso. Antes necesitábamos tiempo para nosotros y así causarles una mejor impresión. Le confesé que en mi casa aún no había dicho nada, o al menos no lo había confirmado, y con más motivo tras nuestra pelea por teléfono, excusaba la asistencia a la convivencia por cuestión de fechas. La respuesta de Ana fue una mirada asesina y me puso los dedos de la mano derecha en los labios para que me mantuviera callado, así le parecería más guapo. No quería más discusión conmigo y casi me dio a entender que era preferible para los dos que en esos momentos no le soltase la mano o, de lo contrario, ni con la complicidad de todo el Movimiento lograría que fuera tan comprensiva una segunda vez. Nos encontrábamos en el portal de su casa y allí ella ejercía de anfitriona, de modo que yo no tenía ni voz ni voto, salvo para la docilidad o la huida por donde hubiera llegado.

Con toda resignación entré en el ascensor. Ella consintió que pasara delante, se cubrió las espaldas y aseguró que no me libraría con tanta facilidad de aquella situación, por mucho que prefiriera pensármelo dos veces y una renuncia a todo antes que enfrentarme a sus padres, al menos a su madre. Aquella se consideraba nuestra primera cita y no era lógico que me pusiera en ese compromiso. Esperaba proponerle que diéramos un paseo o que nos sentásemos en la terraza de algún bar y tomásemos algo mientras hablábamos, como en la Pascua. Sin embargo, entendí que, si yo tenía mis planes, ella tenía los suyos; dado que los míos no se los había consultado antes de presentarme allí, correspondía de la misma manera, como si quisiera dejarme claro que todo hubiera sido más sencillo con una simple llamada telefónica antes que aparecer allí sin más; la actitud de siempre, pero a mayor escala, porque había casi dos horas de coche entre los dos. Hasta mi llegada a la ciudad, más que evitarme, pretendía que sintiera como me ponía la soga al cuello para que escarmentara y fuera más prudente y precavido en el futuro.

En la misma puerta del piso, cuando salimos del ascensor, nos encontramos a su madre, la esperaba algo preocupada por lo que tardaba en subir y no salió de su preocupación cuando vio que salía cogida de mi mano; panorama éste que no le causó buena impresión. No iba a vestido para visitas familiares y mucho menos para impresionar a los padres de mi novia. Me había vestido para estar entre amigos. Comprendí que, ante aquella situación, debería haber estado mejor peinado y escogido una ropa más cuidada y elegante. Tal y como iba parecía como si Ana se hubiera agarrado al primero que se había encontrado por la calle, cuando, en realidad, había sido al último, lo que en, tal caso, me dejaba en peor lugar, daba a entender que había sido a la desesperada. Aparte, debido a mi nerviosismo, era evidente que no había subido hasta allí por gusto y su madre podría interpretarlo mal.

Como remate de mi inquietud, Ana le dijo: “¡Mamá, me he encontrado a este tonto ahí abajo!”.

Le salió con tal naturalidad que casi parecía lo más normal, como si se me conociera de siempre, cuando era la primera vez que estaba allí. No era, en ningún caso, la manera más idónea de hacer las presentaciones, por mucho que fuera sincera con sus primera impresiones o lo dijera de manera cariñosa, ya que si pretendía que su madre aceptara que éramos pareja, una visión poco favorable de mí no aportaría nada positivo, aparte de que yo tenía un nombre, era alguien como persona y no parecía muy correcto que me presentase como “el tonto”, por mucho que Ana me lo llamase como expresión de su cariño o resaltara la confianza y complicidad que había entre nosotros. Por otro lado, algún mérito merecía el hecho de presentarme allí solo y con intención de reconciliarme con ella después de tres meses. Hubiera sido más fácil que me presentase como un amigo o directamente como su novio porque me llevaba cogido de la mano y era la pura verdad.

La contestación de su madre me pareció más apropiada: “Buenas tardes, Manuel. Soy la madre de Ana. Encantada”. Y me tendió la mano de manera cordial para saludarme, a lo que correspondí con la misma cordialidad. Comprendí que madre e hija se entendían y que mi presencia allí no era tan improvisada como me había parecido en un principio. Antes Ana me había avisado que conocía mis planes y tal vez ya tuviera prevista aquella reunión y presentación en su casa. Mi empeño por confirmar que no saldría corriendo en cuanto me viera había propiciado una evidente falta de discreción por parte de sus amigas, hecho ante el cual se debió ver en la tesitura de contárselo a su madre y lo uno había derivado en lo otro, en las oportunas presentaciones de modo que Ana hacía lo correcto al llamarme “tonto”; una simple llamada telefónica me hubiera evitado enfrentarme a ese compromiso tan inesperado.