Ana. Silencio en tus labios (2)

25 de julio, viernes

La convivencia comenzaba a las siete y media de la tarde, hora en la que se suponía se concentraría todo el mundo en la Casa de Ejercicios. Por cuestión de horario para mí era una mala hora y, de todos modos, ya había dejado avisado que, mientras no hubiera hablado con Manuel, no tenía pensamiento de acercarme por allí. Aunque lo cierto era que, gracias a la complicidad de la gente y a lo que éste había organizado con idea de sorprenderme, ya tenía mis propios planes y expectativas para aquella tarde. Manuel pretendía verse conmigo y quienes sabían de mis intenciones eran conscientes de que por mi parte nada ni nadie me hubiera impedido que acudiera a aquella cita sorpresa, aunque él fuera con el temor de que, en cuanto nos viéramos, le mandaría a hacer gárgaras, cuando mi única intención era recriminarle su estupidez, dado que, según yo tenía previsto, al final el sorprendido sería él y después de aquello confiaba en que no se perdiera de nuevo la comunicación entre los dos y nos tomásemos en serio nuestra relación.

El hecho de que para aquella tarde no hubiera sacerdote para la convivencia, que no fuera a haber misa, favorecía tanto los planes de Manuel como los míos. A él le daba una excusa para salir de la Casa de Ejercicios y a mí para que no me presentase allí hasta que no hubiera aclarado nuestra situación. En caso de que hubiera habido misa, mi ausencia ya no hubiera estado tan justificada, porque Manuel no se hubiera movido de allí en todo el fin de semana. La cuestión era que, gracias a la buena predisposición de una de las parejas, Manuel tuvo la excusa y oportunidad de acudir a misa de ocho a mi parroquia, con idea de encontrarse allí conmigo y que después hablásemos. Se suponía que yo me había enterado de sus intenciones por medio de mis amigas, porque éstas no tenían secretos conmigo y, hasta cierto punto, Manuel pretendía que fueran garantes de ese encuentro. Sin embargo, por mi parte pretendía que éstas se quedasen al margen porque aquel era un asunto de pareja y era mejor que no se implicara a nadie del Movimiento.

Para evitarme aquella encerrona y que Manuel no creyese que bastaba con lo que él hiciera para que todo se resolviera, aquella tarde fui a misa de ocho a otra iglesia, a una un poco más alejada, con la suerte de que en la ciudad había varias y se favorecía esa alternativa. Si de verdad hubiera pretendido evitarme ese encuentro con Manuel, pero no la asistencia a misa, a las ocho y media había misa en otra de las iglesias de la ciudad, pero la intención era que nos viéramos, que no le dejaría escapar, una vez que se había tomado tantas molestias para llegar hasta allí y había implicado a tanta gente para conseguirlo, aunque, sin que él lo supiera, parte del mérito fuera mío, ya que, en caso de que me hubiera negado a ese reencuentro, la gente del grupo me había respaldado y Manuel se hubiera quedado en su casa, porque la asistencia a aquella convivencia hubiera carecido de interés y sentido. Lo más probable, en tal caso, es que yo no hubiera faltado, aunque en aquellos momentos y circunstancias Manuel debía pensar justo lo contrario, que, como estábamos peleados y él andaba por allí, a mí ni se me habría pasado por la cabeza acercarme por la Casa de Ejercicios por evitar ese reencuentro. La realidad es que esperaba que retomásemos nuestra relación y fuésemos juntos.

Había hecho mis cálculos y supuse que, dado que las dos misas empezarían a la misma hora, durarían más o menos el mismo tiempo, que el margen que tendría sería lo que tardase en llegar desde aquella iglesia hasta mi casa, porque de manera inevitable el coche de mis amigos debía pasar por delante del portal, que era dónde había quedado con éstos que dejarían a Manuel, aunque, para que aquello no pareciera premeditado, me dejaría ver; me haría la despistada, como si no me lo esperase. Fue cuestión de coordinarse, para que aquella pareja se entretuviera lo suficiente en salir de la iglesia y que los tres se montaran en el coche, con la desilusión por no haberse encontrado conmigo, para que a mí me diese tiempo de volver a casa, a mi calle, que Manuel se quedase con la impresión de que había faltado a aquella misa por evitarle, pero que ese supuesto plan de esconderme me había salido mal porque se encontraría conmigo justo delante del portal de mi casa.

Desde la distancia, como si me hiciera la distraída, mientras miraba escaparates, fui testigo de cómo Manuel se bajaba del coche, sin que le resultase demasiado difícil convencer a aquella pareja para que le dejasen allí, a riesgo de que yo no quisiera nada con él y no tuviera manera de regresar a la Casa de Ejercicios, por no saber que autobús le dejaba más cerca. En cualquier caso, aquella pareja sabía que se quedaba en buena compañía y aquello debió ser lo que supuso, que nos entenderíamos y que, al menos, una vez que hubiésemos hablado y aclarado la situación, no tendría reparo en acercarle hasta allí en mi coche, si es que no me quedaba. Lo cierto era lo acordado con mis amigos y los organizadores de la convivencia, que salvo que Manuel me agobiara más de la cuenta, me haría responsable de su regreso. El lógico temor de todos era que, a pesar de la buena predisposición inicial, al final no nos entendiéramos y eso de mandarle a hacer gárgaras no fuera tan solo una expresión hecha. En todo caso, se sobreentendía que los dos teníamos predisposición a entendernos.

Aquella pareja le dejó allí, ni tan siquiera se esperaron a que me acercase a saludar o, en todo caso, para mediar, para que fuera un poco más creíble eso de que yo no tenía mucho ánimo para ver a Manuel, aunque estuviera allí con la creencia de que al menos le daría la oportunidad de que se explicase. Lo más que hicieron fue darme un pitido con el coche cuando pasaron por mi lado para cerciorarse de que les había visto como ellos a mí. Saludo al que respondí con la mano, consciente de que tenía sobre mí la atenta mirada de Manuel, que cada gesto o movimiento que hiciera lo analizaría al detalle, en un intento por anticiparse a mis reacciones cuando estuviera frente a él. Porque se quedó allí, frente al portal, sin impedir el paso a la gente que iba por la calle, pero con la seguridad de que nadie le movería de allí mientras no hablase conmigo, al menos mientras tuviera la certeza de que le había visto y pondría en práctica eso de que no saldría corriendo en sentido contrario cuando nos encontrásemos.

Después de tres meses sin vernos y de casi dos meses y medio sin que hubiera sabido nada de mí y un mes desde su último mensaje en mi teléfono móvil, ¡allí estaba el gran amor de mi vida! Su aspecto era el mismo de siempre. Quizá se hubiera cortado el pelo, pero, por lo demás, no había cambiado nada. Era la misma impresión que me había causado tres años antes en aquel retiro tras el campamento. Tal vez la novedad estuviera en que se encontraba frente al portal de mi casa y que aquel no era el ambiente habitual, en aquella calle, no un retiro. En seguida me di cuenta de que estaba algo nervioso y hasta cierto punto llegué a tener la sensación de que necesitaba verme bien para cerciorarse de que la chica en quien tenía puestos sus cinco sentidos era la misma a la que había ido a buscar, porque a diferencia de él, yo sí sentía que había cambiado. Estaba en mi casa, en mi ciudad, en mi ambiente de todos los días. Me sentía muy segura de mí misma e intentaba disimular, reprimía el impulso de lanzarme a sus brazos, porque no se lo merecía ni en el tiempo que llevábamos como pareja habíamos llegado a ese grado de complicidad ni de romanticismo. De hecho, él estaba allí y ni siquiera tenía el detalle de haberme traído una flor o algún detalle como símbolo de nuestra reconciliación. Con su sola presencia le sobraba para sentirse justificado.

Había sacado el llavero del bolso, con idea de que, una vez hubiéramos hablado, viera cómo abría la puerta y le dejaba pasar. Sin embargo, temí que aquello le fuera a hacer pensar que tenía intención de escapar, por lo cual, me lo guardé en el bolsillo del pantalón. Consideré que era mejor que no llevara nada en las manos, porque, en cuanto se disculpase por sus torpezas y pidiera que retomásemos nuestra relación, me iba a faltar tiempo para agarrarle y no permitir que fuera muy lejos. Quería que me viera indefensa, como lo estaba ante la falta de su cariño. Hasta cierto punto, el hecho de que no llevara las llaves era como si de manera sutil le diera a entender que estaba dispuesta a escucharle, que le dedicaría todo el tiempo que necesitara porque no tenía ninguna prisa por esconderme. Sin embargo, tampoco pretendía que pensara que me rendiría con tanta facilidad a sus encantos, porque debía darse cuenta de lo enfadada que había llegado a estar por causa de su desplante, aunque, después del tiempo transcurrido, fuese algo más comprensiva con sus excusas y estuviera dispuesta a olvidarlo.

Me saludó, me llamó por mi nombre y en un primer momento me hice la desentendida, como si aquello no fuera conmigo, hasta el punto de que le di un pequeño empujón para que se apartara porque se encontraba delante del portero automático y tenía que llamar a mi casa para que me abrieran, lo cual, hasta cierto punto, era un contrasentido porque Manuel se había dado cuenta de que me había guardado las llaves en el bolsillo. De hecho, le di la espalda con la clara y única intención de que no nos mirásemos, que no se cruzasen nuestras miradas, porque, de lo contrario, aquella pantomima no hubiera tenido ninguna credibilidad. Lo cierto es que no estaba muy segura de que fuera tan crédulo en ese sentido, que se creyera que era capaz de tratarle con aquella indiferencia y frialdad, cuando él deseaba que hablásemos, que nos mirásemos y retomásemos nuestra relación como lo habíamos hecho al final de la Pascua en que tan solo la responsabilidad de ser la conductora de mi coche provocó que le soltase de mi mano. Aquella tarde, en aquellos momentos, se encontró con que para él tan solo tenía mi espalda e indiferencia más fría. Con el añadido de que no era de mis amigas de quien se debía preocupar, sino de la voz que se escuchase por el portero automático, aparte de que estábamos rodeados de gente, a la vista de todo el mundo.

La voz de mi madre sonó por el portero automático, se mostraba un poco contrariada porque no esperaba que nadie llamase, dado que toda la familia tenía llaves y a esas horas no era muy habitual que nos molestasen. No quería preocuparla sin motivo, tan solo que su voz ayudase a que se rompiera la tensión de aquellos momentos, al igual que aquella llamada de teléfono en febrero había ayudado a que Manuel se sintiera a salvo de aquel arranque de sinceridad y recriminación por mi parte. Allí estábamos los dos, ante el portal de mi casa, en silencio, yo en actitud fría y Manuel situado a mis espaldas, no demasiado cerca, pero sí lo suficiente como para que sintiera su presencia y respondiera a sus llamadas o hiciera algo que le diera a entender que le había visto, reconocido y estaba dispuesta a darle la oportunidad de que se disculpara. Sin embargo, tal como me comportaba, era más fácil de deducir que su primera impresión sería que le resultaría más provechoso el dialogo con la farola situada unos metros más allá, que casi hubiera preferido que yo también tuviera algún botón como el portero automático que, al presionarlo, provocase que le contestara. ¡Sin embargo, cómo me pusiera un dedo encima lo más que se llevaría es un sopapo o mi indiferencia! Lo cierto es que, si conseguía encontrarme las cosquillas, hasta lograría que no reprimiera la carcajada.

Sonó el pitido de la puerta y me bastó un pequeño empujón para que ésta se abriera, por lo que no me lo pensé demasiado antes de dar un primer paso hacia el interior del portal, con la duda e incertidumbre de si Manuel haría algo por retenerme y no desapareciera de su vista, una vez que hubiera entrado del todo y se cerrase la puerta tras de mí, aunque confiaba en que se hubiera fijado en cuál era el botón de mi casa en el portero automático, aunque no me sentía tan traviesa como para que llamara, hablase con mi madre y ésta se convenciera a la hora de dejarle entrar. En tal caso, confiaba en que no le hubiera puesto ningún reparo. Sin embargo, temía que se fuera a acobardar o que se quedaría allí diez o quince minutos ante la expectativa de que saldría de nuevo y bajaría a buscarle; que, en caso de no hacerlo, se resignaría y optaría por marcharse. La verdad es que no quería darle ocasión ni tan siquiera de que pensara que le quería más lejos de mi vida de lo que se encontraba en aquellos momentos. Después de tres meses sin vernos y que hubiera sido capaz de llegar hasta allí, con la complicidad de nuestros amigos, más que por un empeño personal, tenía mérito y no pretendía negárselo.

Consideré que ya le había hecho sufrir bastante y como escarmiento era más que suficiente, porque le tenía allí y parecía un inocente corderito a las puertas del matadero sin sentir que fuese merecedor de todo aquello. Lo importante, lo que no había conseguido en mayo, es que Manuel estaba allí, delante del portal de mi casa. Su negativa de entonces había sido la causa de nuestra ruptura o falta de entendimiento, pero aquella tarde lo compensaba. Hubiera sido mejor que hubiéramos planificado aquel viaje entre los dos, pero más que recriminarle su falta de consideración, lo que me apetecía era demostrarle que no había perdido toda la complicidad ni el cariño que se había ganado durante la Pascua, que no sería yo quien me castigase y privase de su cariño por el hecho de que en ocasiones su comportamiento resultase un tanto estúpido. De hecho, casi prefería que no entrase en valoraciones sobre mi actitud porque, en caso contrario, hubiera aireado todos mis defectos y era mejor que pensara que me tenía idealizada.

Cuando me giré clavé la mirada sobre él, como lo había hecho mientras la elección de pareja del Emaús, después de que hubiera escuchado mi nombre de sus labios y pretendido hacerse el valiente al asegurar que no me quería como compañera para aquel paseo, a pesar de que yo no hubiera descartado esa posibilidad. Esa mirada asesina se vio acompañada del hecho de que, de manera burlona, le saqué la lengua porque ya me era imposible disimular mi alegría por tenerle allí y con ello dar por concluido aquel falso enfado, porque, si estaba allí con la expectativa de que mi primer gesto fuera de enfado y frialdad, le quise contradecir. Me alegraba de verle y todo lo demás ya me era indiferente. Que se encontrase allí, dispuesto a reconquistar mi corazón, provocaba que cualquier mal sentimiento o malestar que me hubiera causado aquella separación de tres meses se desvaneciera al instante. Quien estaba allí era mi novio, el amor de mi vida, y no el chico que durante un año me había agobiado y hubiera mandado a hacer gárgaras, si ello hubiera sido como virtud y no como pecado en mi próxima confesión.

Superado aquel primer trance, y dado que tenía las manos libres, mientras sujetaba la puerta con un pie para que no se cerrara, en cuanto Manuel hizo el intento de acortar distancias conmigo, como si esperase que aquel saludo incluyese un beso de reconciliación, le agarré y tiré de él hacia mí para que los dos entrásemos en el portal y se cerrara la puerta, que nos evitáramos el hecho de tener a toda la ciudad como testigo de nuestra reconciliación. Necesitaba tener toda mi atención centrada en él, por lo cual no quería estar pendiente de que la puerta se cerrara o quedara abierta. Si teníamos que hablar, era mejor que lo hiciésemos en privado y con la tranquilidad que el portal nos proporcionara, donde lo único que nos molestase fuera el hecho de que algún vecino entrara o saliera, aunque tampoco pretendía que nos escondiéramos en el rincón de los buzones, donde hubiéramos pasado más inadvertidos. Entramos y nos encaminamos hacia los ascensores.

Si lo que se esperaba era un beso, una vez que ya le tenía atrapado, lo que recibió fue una recriminación porque llevaba un mes sin saber nada de él, que tras su intento del retiro se hubiera dado por vencido y, sin embargo, se le hubiera ocurrido asistir a la convivencia de novios y lo utilizara como excusa para vernos. Le recriminé que no lo hubiera intentado otra vez, en vez de recurrir a tanta gente para obtener la confirmación de que estaría dispuesta a escucharle, si se presentaba en la puerta de mi casa o coincidíamos en la convivencia. Le dije que la manera en que se lo había planteado era motivo para que me enfadase con él, porque parecía que después de que le hubiera declarado mi amor no demostraba que tuviera la suficiente confianza conmigo. En tres meses, o en las últimas cuatro semanas, había tenido tiempo incluso para olvidarme de nuestras discrepancias y morirme de impotencia por no saber nada de él; que, si se hubiera dado otra oportunidad, lo más seguro es que le hubiera contestado. Por lo cual se merecía que se lo echase en cara y entendiera que nuestra relación había dado un giro desde que nos habíamos comprometido y no había razón para que dudase de mis sentimientos ni en los buenos ni en los malos momentos.

De hecho, admití que me alegraba que hubiera mostrado ese interés por la convivencia de novios; también me hacía mucha ilusión que acudiéramos juntos, como pareja, pero que hubiera preferido que me lo comentase y apuntado los dos. En esos momentos omití el pequeño detalle de que me había apuntado por mi cuenta y con ello subsanado su torpeza al no consultármelo. La convivencia era en mi ciudad; la organizaban mis amigos y tenía todas las facilidades del mundo, por lo que una vez que él se había enterado de los planes del Movimiento para aquellos meses, hubiera bastado con que llamara y me hubiera ocupado de todo por los dos, una vez solventada esa falta de comunicación. Hubiera sido la manera de compensarme por su desplante de mayo. No es que le hubiera conseguido una rebaja en el precio ni una habitación mejor porque en la Casa de Ejercicios son todas más o menos iguales, pero, si me hubiera avisado de sus intenciones, aquella estancia de fin de semana, planificada con antelación, podría haber sido de varios días que hubiéramos tenido para nosotros. Sin embargo, tal y como se lo había planteado, el domingo por la tarde se tendría que volver a Toledo con los demás.

Mientras que con una mano llamaba al ascensor, y con la otra me agarraba con fuerza a la de Manuel, le miré con la esperanza de que se defendiera, que me dijera algo que contradijera mis recriminaciones, porque de nuevo, como había sucedido en febrero o durante el Emaús, se mantenía en silencio, pensativo, como si no tuviera nada que decir y tuviera la impresión de que con todo aquello le echaba de mi vida, que tan solo le había metido en el portal con idea de echarle en cara sus torpezas para después dejarle claro que no querría saber nada más de él, porque me había defraudado. Frente a esos pensamientos contradictorios que rondasen por su cabeza. La realidad estaba en que me había agarrado a su mano y no estaba dispuesta a que se soltara, salvo que allí mismo me hubiera dicho que había dejado de quererme; que había llegado hasta allí para pedirme que nos olvidáramos de todo. Sin embargo, mi corazón latía con tanta pasión que me resultaba imposible creer que lo nuestro tuviera un final.

Rompió su silencio, no para defenderse, sino para advertirme que no le parecía tan buena idea que me acompañara hasta mi casa, porque temía encontrarse con mi madre y casi prefería esperar en el portal a que yo bajase y nos fuéramos a dar un paseo, si es que teníamos que hablar y pasar algo más de tiempo juntos. Argumentó que aún era demasiado pronto para que le presentara a mis padres, porque en su casa aún no tenían noticia de que ya tuviera novia y menos aún de que ese noviazgo hubiera durado tres semanas, dado que lo habíamos llevado desde la distancia y casi no se lo terminaba de creer. Le tapé la mano con la boca para que se callara y no se buscase excusas, porque, como siguiera con sus tonterías, al final conseguiría que fuese yo la única que entrase en el ascensor, pero con intención de no volver a bajar, por mucho que él me esperase allí el tiempo que hiciera falta o se lo pensara mejor y subiera a buscarme. Había llegado hasta allí con idea de que nos viéramos, se suponía que para convencerme de que fuésemos juntos a la convivencia. Lo demás tendría que aceptarlo tal y cómo se le presentase. Yo quería que me acompañase a mi casa y mi madre le conociera.

Cuando llegó el ascensor, abrí la puerta y tiré de mi mano para que Manuel fuera quien entrase primero; no pensaba soltarle ni dejar que me esperase en el portal, por lo cual era mejor que no se lo pensara demasiado, porque tendría mucho que perder. De hecho, quizá quien debía preocuparme por mi integridad era yo porque cada vez estábamos en un espacio más reducido, tal vez él se sintiera más atrapado cada vez, con menos escapatorias, pero yo sentía como se reducía mi espacio, nuestra separación, aparte del hecho de que, además de abrirle mi corazón, le abriera las puertas de mi casa, de mi intimidad, conociera un poco más y mejor cómo era mi vida. Si en la Pascua había intentado que mantuviéramos las distancias, allí la impresión era justo la contraria, como si le provocara para que, cuando menos me lo esperase, nos fundiéramos en un abrazo, aunque lo más que había conseguido en tres meses había sido que nos cogiéramos de la mano y los besos que nos habíamos dado en la mejilla. Aún no nos habíamos dado ningún beso demasiado apasionado y lo cierto es que temía que llegase ese momento por lo mucho que significaría para los dos.

Hice lo propio cuando el ascensor se detuvo, abrí la puerta con idea de salir la primera y después tiré de Manuel para que me siguiera. Sin embargo, el susto me lo llevé yo cuando me encontré con que mi madre nos esperaba en la puerta del piso. Por la expresión de su cara era fácil comprender que estaba preocupada por mi tardanza, que si mi conversación con Manuel hubiera sido en la puerta, mi madre se hubiera dado cuenta de que no estaba sola, pero el silencio de Manuel había provocado que éste pasara inadvertido. En cualquier caso, ya no se podía esconder, le tenía agarrado a mi mano y por mucho que la idea no le entusiasmara, tenía que presentarle a mi madre y dar ocasión a que ésta le conociera y se creara una primera impresión del chico de quien le había hablado en las últimas semanas y que ya tenía ganas de conocer. En cualquier caso, casi era mejor que Manuel no me pidiera que le dijera con demasiado detalle lo bueno o malo que le hubiera contado a mi madre sobre él porque durante los dos meses previos había tenido tiempo de cambiar de opinión y no siempre había sido tan objetiva.

Para que hubiera un ambiente distendido y romper con la formalidad del momento, aquella presentación me salió de lo más natural, le puse todo el cariño: “¡Mamá, me he encontrado a este tonto ahí abajo!”. Mi madre había demostrado sus dudas e inquietudes con respecto a mis sentimientos y aquella era la manera de aclararle que me reafirmaba en ellos. En cierto modo, supongo que aquella jocosidad era una manera de compensar que quizá mi madre no se llevase una primera impresión que favoreciera a Manuel porque éste ya iba un tanto acobardado por la situación y no estaba mentalizado para aquel trance. Si le hubiera dejado, se habría quedado en el ascensor o regresado al portal, pero le tenía sujeto a mi mano, lo que admito quizá no dejaba muy patente que fuera un chico con mucha seguridad en sí mismo, más bien, falto de personalidad, de carácter, en un claro contraste con Carlos, quien en su momento había demostrado tener bastante control de la situación, aunque se mostrase igual de cohibido ante la idea de presentarse ante mi madre como mi novio, no tanto como un amigo más de la parroquia o del barrio.

La respuesta y reacción de mi madre ante aquella situación fue bastante normal y cordial. Hasta cierto punto para mí fue un alivio que ya hubiera tenido oportunidad de hablarle de Manuel y subsanado en lo posible aquel primer susto. Ella ya sabía que éste había venido a la ciudad para asistir a la convivencia y que nuestro encuentro de esa tarde había sido un poco improvisado por lo que se disculpaba que éste no trajese su mejor cara ni aspecto. La verdad es que Manuel tampoco iba tan mal, quizá demasiado natural e informal, para una primera presentación en mi casa; aquellos vaqueros y aquella camiseta desentonaban un poco, pero, si se hubiera presentado allí vestido como si acudiera a una entrevista de trabajo tampoco, creo que la situación hubiera mejorado demasiado porque mi madre le habría sabido encontrar algún defecto. Así, al menos se quedaba con la tranquilidad de que Manuel tampoco había llegado hasta allí con idea de impresionar a nadie.