Su «paquete», gracias

SILENCIO EN TUS LABIOS

Introducción

En las reflexiones sobre la novela estos días estamos haciendo nuestro particular «Camino de Emaús». Uno de esos días y momentos trascendentales en el desarrollo de los acontecimientos, porque en toda historia de amor ha de haber un antes y un después, de ser dos personas individuales a empezar a sentirse parte de una pareja, aunque como hemos leído y comprobado hasta ahora, el proceso resulta menos romántico y más tortuoso de lo que nos gustaría

¿Dónde están estas declaraciones de amor dignas de las grandes historias? ¿Dónde se ha dejado nuestra pareja de enamorados ese romanticismo que deje en nada los grandes romances de la Literatura Universal?

Ana parecía que le había puesto intención, que tenía un plan infalible orquestado con las amigas. Manuel no se le iba a escapar, está todo organizado para que hicieran juntos «el Camino de Emaús». Hubieran tenido la oportunidad de quedarse solos, de darse un paseo por el campo y entre que iban desde el lugar donde han pasado el día hasta que el pueblo, hubieran tenido tiempo de enamorarse para siempre.

Sin embargo, llegado el momento, cuando ya parecía que podía haber esa conexión entre ellos, ese cruce de miradas, de complicidad, cuando ya Ana no tiene motivos para mostrarse esquiva ni huidiza, sino dispuesta a tenderle la mano y no soltarse, Manuel malinterpreta sus gestos, la situación, y la manda de manera literal «a paseo». Se siente digno de su rechazo, superado por la estupidez y el pesimismo. Pretende convertir esa renuncia en su mayor acto de amor. Como es lógico, mete la pata hasta el fondo y no hay nadie que lo remedie, que le frene a tiempo. Lo dicho, dicho queda.

Camino por el campo

Por lo cual, ahí les tenemos a los dos, cada uno con un acompañante distinto, una pareja detrás de la otra, cada una con su particular «Camino de Emaús». Ana, por delante, con el corazón partido y sin fuerza para dar un paso, lo cual le frena, le hace ir despacio, Y Manuel que se siente tan decepcionado consigo mismo que se deja llevar por la apatía, sus pasos no conocen la palabra «freno».

El chico que va con Ana y la chica que va con Manuel, son novios, que a consecuencia de este pequeño desastre han visto truncada su oportunidad de hacer este camino juntos, porque este año, debido a esa ocurrencia de Ana, a ese plan, la formación de las parejas se ha dejado a la improvisación.

Descalificados por intercambio de pareja

Como si fuera una carambola, se produce un repentino y poco ortodoxo cambio de pareja. Se supone que no puedes hacer el paseo con quien te ha descartado y que la distancia entre una pareja y otra es para evitar que se alcancen. Pero, si quien te adelanta pasa como una locomotora, se lleva a su acompañante y te deja un paquete que tú no has pedido, no te queda otro remedio que resignarte. «Su paquete. Gracias».

Cuando me quise dar cuenta, teníamos a Manuel y a la chica que le acompañaba que nos pisaban los talones. Iban tan acelerados que nos hubieran pasado por encima y alcanzado a la pareja que iba por delante, si no hubiera sido porque se frenaron un poco cuando nos dieron alcance.

Ana, 19 de abril. Camino de Emaús

Como Ana no estaba muy habladora, a pesar de que escogió a su compañero, aquello más que un alcance para formar un cuarteto, fue un cambio de pareja no muy legal, pero los otros tenían mucho que decirse y no les interesaba la opción del voto de silencio durante el paseo de vuelta, de modo que nos dejaron atrás con pleno conocimiento. 

Manuel, 19 de abril. Camino de Emaús

«El camino de Emaús» ni en la realidad, como actividad, ni en la novela, como reflejo de esa realidad, pretende ser una carrera, ni siquiera de relevos. En este caso se presupone que no son más de cuatro o cinco kilómetros, en torno a una hora de trayecto a pie. Se trata de un momento de fraternidad, de hablar con quien camina a nuestro lado, centrados en las actividades de la Pascua o en cuestiones más personales. Lo que fluya en la conversación. Es un momento de compartir confidencias y vivencias. Un momento de crecimiento personal, con la tranquilidad de que nadie más participa ni escucha la conversación. Aquellos que somos creyentes aseguramos que ese paseo de dos acaba siendo de tres, que en el camino se nos une ese Alguien más, si nos juntamos en su Nombre. De manera que no hay más prisa que el hecho de llegar, que el día va cayendo y, en mitad del campo, conviene tomarse la oscuridad en serio.

Llegada a la línea de meta. Mal ejemplo de el Camino de Emaús

De manera que nuestra pareja se queda sola, viendo cómo sus acompañantes les abandonan sin el mejor pudor, sin preguntarles. Ninguno de los dos quiere cargar con ese lastre y ellos tienen el resto del camino para hablar de sus cosas, para que su «Camino de Emaús» sea cómo en un momento lo habían planificado. Aceleran el paso y se alejan. Más bien, dado que tanto Ana como Manuel se han quedado bloqueados, contrariados ante el hecho de verse juntos, les resulta fácil tomarles ventaja.

Así que ahí tenemos a nuestra pareja a no sé cuánta distancia del pueblo, porque no han debido recorrer más de trescientos o cuatrocientos metros y les queda por delante un largo trecho, casi una hora para decirse todo eso que no se han dicho y que ambos están deseando compartir.

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A nuestra pareja de tortolitos tampoco les conviene quedarse como piedras en mitad del camino porque la siguiente pareja les puede dar alcance y, después de lo que ha sucedido, eso de que les encuentren juntos, cuando han salido por separado y con parejas distintas, daría para mucho que explicar y ninguno de los dos se siente con muchas ganas de hablar.

«Lo primero te disculpas por la tontería que has hecho y después me pienso si te mereces que te dirija la palabra, ‘so….’ eso que tú ya sabes’»

Posible pensamiento de Ana

Desde ese momento la brisa que soplaba resultaba más escandalosa que nuestra conversación. De modo que, si me hubieran pedido un resumen de todo cuanto nos hubiéramos dicho, más facilidades no habría habido, ya que ni a ella le apetecía mirarme o saber de mi existencia ni yo encontraba las palabras para justificar mi torpeza, porque ya no me parecía tan tentador la idea de su compañía. Era como ir a la orca con mi verdugo o algo peor. 

Manuel, 19 de abril. Camino de Emaús

Sin embargo, lo que no sale por sus labios ni llega a sus oídos, fluye en el corazón, porque ninguno es capaz de acallar su conciencia, sus verdaderos sentimientos.

Allí estaba yo, en compañía del chico a quien estaba dispuesta a permitir que me conquistase, pero a quien, por otro lado, hubiera dicho cuatro verdades sin la menor moderación por mi parte. Aunque, por suerte para él, me contuve, ya que aún no me había rendido a la posibilidad de que aquel Emaús supusiera el comienzo de algo especial entre los dos. 

Ana, 19 de abril. Camino de Emaús

Ni una palabra, ni una mirada; nada. Eso fue lo que recibí de él a lo largo de aquel largo e interminable paseo, mientras que yo, cada cierto tiempo, le miraba de reojo. Con mucho disimulo, buscaba su complicidad; me mantenía a la expectativa de algún cambio de actitud por su parte, aunque fuese un desacertado intento de disculpa por la estupidez que había cometido al rechazarme como pareja para aquel Emaús.

Ana, 19 de abril. Camino de Emaús

Tampoco es que hubiera esperado que aquel hubiera sido un paseo más romántico que en otras circunstancias. Sin embargo, en aquella ocasión me dolían los remordimientos y tenía tantas ganas de llegar como largo se me estaba haciendo, lo que sumado a la actitud de Ana, era como volar hacia el infinito y no poder llegar nunca, no avanzar.

Manuel, 19 de abril. Camino de Emaús

Mientras caminaba, en mi interior se debatía una lucha de la que no quería que Manuel fuera partícipe. Porque, si yo no me aclaraba, su implicación no serviría de mucho. La disyuntiva que se me planteaba era bastante seria.

Ana, 19 de abril. Camino de Emaús

Tomada aquella determinación le miré como la chica más enamorada del mundo, al menos era mi intención, aunque ni las circunstancias ni el momento lo favorecieran demasiado, sin que por su parte recibiera ninguna respuesta, como si se reprimiera a la hora de que nuestras miradas se cruzasen. 

Ana, 19 de abril. Camino de Emaús
Imagen ilustrativa de la visión de un pueblo desde la distancia

Cuando divisé a lo lejos la torre del campanario respiré aliviada, porque ello implicaba que estaba cerca el final de aquella incertidumbre, de aquella pesadilla, que los dos vivíamos como consecuencia de aquella frialdad, aquellos sentimientos reprimidos y a punto de estallar. 

Ana, 19 de abril. Camino de Emaús

Llegada al pueblo

Llegan hasta el pueblo y, en vez de tirar cada uno por su lado, acaban juntos frente a la puerta del alojamiento de las chicas. ¡Los chicos siempre tan considerados! Allí la primera pareja, que no se ha enterado de lo que ha pasado, tampoco se sorprende de que la segunda pareja, sea la de los novios, aunque les puede sorprender que la siguiente sean Ana y Manuel, con cara de venir de un velatorio, más que de haber disfrutado de ese paseo. Pero casi mejor no hacer preguntas indiscretas, porque ya sabemos lo que Ana suele responder cuando se la incomoda con ese tipo de interrogatorios.

Lo más probable es que Ana tan solo tenga cara de cansada y que Manuel aún no se crea la suerte que ha tenido por haber hecho el paseo con ella. Esta primera pareja no sabe nada de ese repentino cambio de parejas, por lo cual tampoco hay porque aludir a ello.

Calle de un pueblo, imagen ilustrativa

Seguro que los demás tendrán mucho que decirse y, por culpa de la tontería de Manuel, es fácil deducir cuál será uno de esos temas de conversación. Puede que a los chicos no les importe, pero las chicas se habrán sentido un tanto desencantadas. Ana había puesto toda su ilusión en ese «Camino de Emaús». Sin embargo, se ha terminado yendo con el novio de una de sus amigas y ésta, casi por venganza, le ha pagado con la misma moneda. Pero casi seguro que a Ana ya no le afecta lo que pase con Manuel.

¡Cómo si me atropella un tren y me pasa por encima una manada de elefantes!

Posible pensamiento de Manuel

Lo malo que le pase siempre será poco con respecto a lo que se merece. Su suerte es que entre esta gente no se fomenta eso de los linchamientos públicos ni de las venganzas personales; más bien, acompañar a las amigas en su frustración hasta que se le pase el mal trago. «Todos los tontos tienen suerte» ¡Qué si no!

Con la llegada de la cuarta pareja, dado que se empieza a juntar demasiada gente en la calle, las chicas se deciden a entrar a asearse. Ana es la portadora de las llaves, de modo que no tiene mucho sentido que esperen y los chicos allí no hacen nada, de manera que «aire». Pero Manuel se queda allí clavado, como si no le fueran a echar de allí ni con un jarro de agua fría, ni con una tormenta de agua congelada. Manuel se queda allí, mientras que Ana se queda agarrada a la puerta y…

Ya ha cometido una tontería. ¡Vamos a por la segunda!

Pero poco a poco. El día aún no ha terminado…….